Palabras de vida : Por Arcadio Sierra Díaz

  Archivos
Jun 07 [1]
Mayo 07 [1]
Abr 07 [3]


Sindicación
Artículos
Comentarios


Enlaces
eGrupos
Escritos eclesiológicos
Escritos exgéticos
Escuela de la obra cristiana
Estudios eclesiológicos
Estudios homiléticos
Exégesis histórico-profética
Gino Iafrancesco V.
Vida espiritual
ZoomBlog

 
Inicio | Mi Perfil | Suscríbete al blog
 

El estadio del reino

Enlace permanente 13 de Junio, 2007, 23:44

Enlaces: Estudios eclesiológicos - Estudios homiléticos - Vida espiritual - Exégesis histórico-profética - Soteriología - Crónicas testimoniales - Vida de la Iglesia

EL ESTADIO DEL REINO

Por Arcadio Sierra Díaz

Desde la diáspora

En el mes de octubre del 2006, el hermano Gino Iafrancesco nos enseñaba sobre un tema muy importante acerca de los estadios de la restauración de la Iglesia; y hora podemos recordar esos estadios así por encimita. Se toma para ello la figura del cautiverio del pueblo de Israel, y concretamente del reino de Judá, y su regreso a la tierra santa. El primero es el estadio de la diáspora. Se refiere a cuando todavía el pueblo estaba lejos, en tierras de Babilonia y Persia; países extranjeros, pero surgió de parte del Señor un despertar espiritual entre muchos de los hebreos, y había quienes oraban por el propósito de regresar a su tierra de origen, como en el caso del profeta Daniel (cfr. Dn. 9). Vemos, pues, que aún estaban en un estadio lejano para la restauración del templo de Dios en Jerusalén, la ciudad misma y la nación en general; de manera que a ese estadio se le llama diáspora. En lo que se refiere a la Iglesia, se refiere a los creyentes cristianos que todavía están en una posición denominacional, lejos de lo que es realmente la restauración de la unidad del cuerpo de Cristo. Pero cuando ya el Señor dispuso las cosas, empezó a regresar un remanente al mando de Zorobabel, Josué y demás hermanos, y es cuando el Señor habla en Su Palabra de un tizón encendido que había sido arrebatado del fuego del juicio de Dios; se refería a Josué, el sumo sacerdote. "¿No es este un tizón arrebatado del incendio?" (Zac. 3:2). Tenemos así el segundo estadio, el estadio del tizón encendido.

Con ese tizón encendido ya hay una base para la construcción del altar. Se refiere al arca, que es la figura de Cristo. Si no está Cristo, la construcción de la casa de Dios no tiene ningún valor, pues Cristo es la piedra angular de esa casa. Sin Cristo, toda supuesta casa de Dios es mera religión. De manera que, ya con el altar, el arca, si está Cristo en el Lugar Santísimo, entonces es cuando viene el estadio de la construcción de la casa de Dios, de Su templo. En consecuencia viene el establecimiento de la iglesia en la localidad, el candelero. Después viene el trabajo del testimonio en la ciudad. Pero para que se pueda hacer el trabajo en la ciudad, la iglesia debe vivir una madurez espiritual, que realmente es el estadio del reino; porque lo que hay que presentar al mundo, que tiene que testificar la iglesia, el testimonio que tiene que dar la iglesia en la localidad, como representativa de la Iglesia universal del Señor, el cuerpo de Cristo, es el Reino. Dios es el que reina, y la iglesia, como punta de lanza, tiene la encomienda de realizar ese trabajo.

Pero, hermanos, quisiera que meditáramos un poquito acerca de cuáles son las condiciones para que podamos vivir ese estadio del Reino en el candelero de nuestra localidad. Le rogamos al Señor que por Su Espíritu nos dé esas palabras apropiadas para que lo podamos expresar lo más comprensible que sea posible, por causa de los hermanos que apenas están comenzando, y también porque esta noche tenemos el agrado de contar con la presencia de algunas personas que nos visitan, a fin de que no regresen a sus hogares vacías, sino que lleven algo de alimento de la Palabra de Dios.

El ejemplo de los corintios

Entrando en materia, vemos que una iglesia local bíblica puede tener la experiencia de haber vivido todos esos estadios de restauración y edificación; incluso puede haberse enriquecido con mucha doctrina, y haber recibido dones espirituales, todos si es posible, pero puede estar en una situación espiritual donde todavía no alcance a vivir el estadio del reino. En la Palabra de Dios tenemos típicamente un ejemplo donde se contempla este caso. Es la iglesia en la localidad de Corinto, en Grecia. Porque para vivir el reino, para obedecer los principios que rigen el reino de los cielos como están registrados en el sermón del monte, para uno poder dar un testimonio de lo que es el Reino de Dios, el Señor debe reinar primeramente en nosotros. Si Dios no reina primeramente en nosotros, mal podemos dar un testimonio cierto del Reino de Dios, de Su autoridad y poder. Podrían ser meras palabras, como las que se suelen usar en tantos medios religiosos.

Tenemos, pues, el caso de los corintios. Para ello tomamos como base la primera carta de Pablo a los Corintios; allí vemos que ellos eran poseedores de todo el conocimiento necesario para vivir mejor su fe. Según los cálculos que se hacen, tomando los datos del libro de los Hechos y cartas del apóstol Pablo, sumando sus estadías en Corinto, este apóstol permaneció alrededor de dos años con los hermanos de esta ciudad griega. Eso nos indica que los hermanos corintios recibieron mucho conocimiento; y fíjense en lo que dice el versículo 4: "4Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús; 5porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él (en Cristo), en toda palabra y en toda ciencia (en todo conocimiento)". El apóstol había llegado allá guardando cierta prudencia, como midiendo un poco sus pasos, como él mismo lo dice en el versículo 3 del capítulo 2: "3Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; 4y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, 5para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios". Es posible que esto se deba a que el ambiente moral de los habitantes de Corinto era supremamente corrupto; el trabajo de evangelización allí fue arduo. Es más, reinaba tanto la inmoralidad en las costumbres de esa ciudad en ese tiempo, que se llegó a acuñar un verbo para señalar aquella relajación, el verbo "corintianizar", es decir darse a las costumbres inmorales de los corintios. Esto significa que los hermanos corintios tenían una batalla frente a sí.

Entonces, Pablo fue con esa expectativa; pero, sin embargo, el Señor lo llevó a enseñarles a estos hermanos, y fue tal el empeño del apóstol, que dice que ellos fueron enriquecidos en toda palabra y en toda ciencia, y se refiere al conocimiento de Dios. Pero de acuerdo al contexto de esta carta, parece que la Palabra se les quedó casi toda en el intelecto, y no profundizó en ellos. Entonces dice: "6Así como el testimonio acerca de Cristo ha sido confirmado en vosotros, 7de tal manera que nada os falta en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo". Cuando el apóstol, en el capítulo 12 de esta misma carta, hace una relación de los dones del Espíritu, todos esos dones eran ejercidos por la iglesia de los corintios. Pero, como se ha dicho, y se les dice a las personas que están comenzando, que están dando sus primeros pasos con el Señor y que escuchan por primera vez estas cosas, que una persona puede haber recibido muchos dones del Espíritu Santo, y no por ello ser espiritual. Un creyente puede hablar en lenguas, un creyente puede inclusive llegar a orar por un enfermo de cáncer, y esa persona enferma puede llegar a recibir sanidad, y aquel que ora puede ser todavía un niño en la fe.

Las divisiones son de la carne

¿Por qué? La respuesta nos la dan los mismos santos de Corinto. Miren lo que dice el apóstol a partir del versículo 10, y lo dice en el Espíritu: Ya que ustedes tienen todo lo que tienen, todo lo que el Señor por Su gracia les ha concedido, "10Os ruego, pues, hermanos (es un ruego del apóstol ante esa amarga situación), por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa (o sea, los hermanos no eran unánimes; ellos no tenían el mismo parecer al hablar muchas cosas tocantes a la iglesia y al Señor), y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. 11Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. 12Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. 13¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?"

Una división religiosa es lo que en teología llaman cisma. Los cismáticos, que le llaman, son lo que dividen el cuerpo de Cristo. Eso es grave. Pablo le dice a Tito: "Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo" (Ti. 3:10). Y pensar que los hermanos que militan en denominaciones cristianas no creen que están dividiendo el cuerpo de Cristo, que son sectas. Entonces un cisma es un desgarramiento del cuerpo del Señor en sectas o partes que incluso llegan a oponerse, a rivalizar y hasta a luchar entre sí. Cuando hay desgarramiento del cuerpo en sectas, en divisiones, es porque no hay consenso de las cosas. Todos tienen la misma Palabra, pero unos dicen una cosa y otros dicen otra, de manera que se apartan, y aveces se separan con odios. Los odios religiosos son odios de tanta raigambre y profundidad, hermanos, que han sido motivo y causa de mucho derramamiento de sangre a través de la historia. Son odios engendrados incluso por personas que dicen seguir y representar al Señor.

Entonces, ¿qué motivaba aquel ruego del apóstol? Porque dice aquí Pablo que él había sido informado de algo grave que estaba ocurriendo entre los santos corintios. "11Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos..." Cuando Pablo escribió esta carta, lo hizo desde Éfeso. Recuerden que él permaneció más o menos unos tres años en Éfeso cuando él estuvo allí al frente de la escuela de la obra instalada en una antigua escuela filosófica que había tenido un hermano llamado Tiranno; allí estuvo Pablo enseñando a líderes de diferentes localidades de Asia Menor; y desde allí, más o menos en el año 55 d.C, escribe esta carta a los corintios, porque lo que estaba ocurriendo en tre los hermanos de la iglesia de los corintios era grave.

Revelación y consagración

Hermanos, qué dicha que el Señor nos dé a nosotros los medios para recibir profundo conocimiento de Él, de Su obra, de Su propósito, de Su economía. Pero tengamos en cuenta que al conocimiento, para que pueda ser útil a nuestra vida espiritual, le falta algo más, le hace falta revelación. Cuando hay revelación de Dios, el conocimiento profundiza en nosotros; pero la revelación no la puede haber si no hay cruz. No puede haber revelación en tu vida si tú no te consagras al Señor en el altar de bronce, a fin de que seas pasado por la cruz. Tu alma, mi alma necesitan ser remitidas a la muerte, al sacrificio; y solamente por la cruz eso puede efectuarse; y eso depende de tu propia decisión, pues tomar la cruz es voluntario. Somos salvos debido a que Cristo voluntariamente fue a la cruz. Para que nosotros tomemos nuestra propia cruz, Él no nos lleva de los cabellos ni de las orejas; Él no nos obliga. Él nos dice que vayamos a la cruz, que tomemos nuestra propia cruz, que lleguemos a negar nuestro yo, y nuestra alma sea llevada a la muerte, si es que queremos seguir en pos del Señor.

"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" (Mt. 16:24). Recuerden que Él se enfrentó con Pedro, el mismo hombre que había recibido del Padre la revelación de la identidad de Cristo. El Señor le había preguntado a Sus discípulos: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Y según aparece registrado en la Palabra, el único que le contestó fue Pedro, diciéndole: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente". Entonces el Señor le aclaró a Pedro de dónde le provenía esa revelación. Pedro, eso no te lo ha revelado una persona humana; no te reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Pero Pedro todavía no había sido conducido al altar de bronce. Pedro todavía era un creyente que ponía la mira primeramente en los intereses de su alma; su interés primaba en las cosas por las que se preocupan todos los hombres del mundo. Y cuando uno, como creyente, aún vive así, aun cuando tenga la revelación de quién es Cristo y sea salvo, es presa fácil de la conducción satánica.

Por eso, el mismo Cristo, al enfrentársele a Pedro cuando este discípulo le reconvino para que el Señor no se sometiera a la cruz, el Señor no le llama Pedro, sino que le habla a Satanás: "¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres" (Mt. 16:23). Seguidamente se dirige a todos sus discípulos, no sólo a Pedro, pues el asunto es serio y concierne a todos. Si alguno quiere venir en pos de mí, no ponga su mira, su atención, en los intereses del alma; pónganlas en las cosas de Dios. Eso es lo que quiere decir en ese contexto. Tienen que negarse a sí mismos y tomar su cruz cada día. Nosotros debemos tomar nuestra propia cruz cada día. El Señor la tomó una sola vez, y una sola vez fue crucificado, pero nosotros tenemos que tomarla diariamente. ¿Por qué? Porque el trabajo de crucifixión del alma es continuo. ¿Hoy me decido a tomar mi cruz, y ya soy crucificado, y ya muere mi alma? No. El alma está ahí en espera de más tratamiento, y voluntariamente hay que ir al altar de bronce y ser sometido a la cruz.

Por ello los hermanos de Corinto no veían que eran de Cristo, que crecían en Cristo, que la Iglesia es de Cristo, sino que sólo veían el liderazgo de unos apóstoles que habían estado allí visitándoles. Claro, el primero de ellos había sido Pablo, quien había fundado allí la iglesia local, y les había dedicado mucho tiempo; pero, de acuerdo al contexto, también habían recibido la visita del apóstol Pedro, como también la de Apolos. Seguramente los habían visitado otros apóstoles de menor perfil. Con todo eso, los corintios, en su inmadurez espiritual cada uno se cuidaba de lo suyo propio, y a diario surgían las desavenencias entre ellos; y todo eso se fue agravando hasta que llegó a una situación en que empezaron a tomar partido por esos líderes, y a decir: Bueno, en últimas, yo soy de Pablo. Ah, pues, entonces yo también tengo mi líder, yo soy de Pedro, Y otro grupo decía: Yo soy de Apolos; y otros, que pensaban que no hacían divisiones, decían: Yo soy de Cristo. Entonces, ¿en qué paró todo eso? ¿Qué hizo el Señor ante esa situación de amago de división del candelero de Corinto? Entonces el apóstol Pablo se dirigió a ellos por medio de esta carta a fin de reprenderles en el nombre del Señor.

Dos tipos de creyentes

Parece que esta epístola, la llamada primera a los Corintios, es en realidad la segunda que él les escribiera a los corintios. Conforme 5:9, él ya les había escrito una anterior; no obstante, allí persistía un problema. Y parece que no había cómo abordarlos, pues cuando Pablo quiso hablarles a los corintios, no pudo. Lo constatamos en el capítulo 3, cuando Pablo les declara: "1De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo". Está registrado, pues, que en la Iglesia hay hermanos espirituales, y hay hermanos no espirituales, los cuales son guiados, no por el Espíritu, sino por la carne; entonces son carnales: son los que en griego son llamados sarkikos, no sometidos a Cristo plenamente, y viven principalmente dominados por su naturaleza carnal. En cambio los espirituales (gr. pneumatikós) son aquellos cuya vida está rendida a Dios, como también su voluntad sujeta a la del Señor; éstos son guiados por el Espíritu de Dios, el cual mora en el espíritu del creyente. Luego les sigue diciendo Pablo: " 2Os di a beber leche, y no vianda". Ustedes saben que a los bebés hay que alimentarlos con leche; sobre todo con leche materna, pues en ese período de la vida, a los bebés no se les puede alimentar con comida para adultos. La comida para adultos son las profundidades de la Palabra de Dios.

Al respeto miremos las revelaciones de Dios en Hebreos 5:12: "12Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo..." ¿Ustedes no creen que siendo que la Palabra de Dios declara que poseyendo los corintios tanto conocimientos y dones espirituales, no era hora que ya fuesen maestros? Pero eso no podría suceder hasta que ellos se despojasen de todo lo que tenían que ser despojados. "12Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos (la leche simboliza esos rudimentos) de los oráculos de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. 13Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño". La palabra de justicia es ya la palabra del reino; es el alimento sólido, en la cual hay más profundidad sobre los propósitos de Dios. Luego continúa así: "14pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal". Aquí habla de los sentidos ejercitados.

Alguien me decía en estos días que Dios nos había hecho así como somos, y que así seguiremos siendo siempre. Por ejemplo, que si venimos a Cristo con un carácter revestido de mal genio, así continuaremos siendo durante toda la existencia; o si somos extremadamente melancólicos, patéticos, irascibles, sin dominio propio, vengativos, etc., así quedaremos. Pero no, la Palabra no dice eso. Sí seguimos, hermanos, con nuestro intelecto, con nuestra voluntad, con nuestros sentimientos, pero son facultades del alma que deben ser transformadas por el Señor. Ahí dice: "sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal". Dios quiere, hermanos, que también nosotros le adoremos y le sirvamos con el alma. Dios quiere que la adoración sea integral; pero Dios quiere que esa adoración y ese servicio se ofrezca con la participación de un alma renovada, con un alma que haya sido salvada, pues Dios no quiere que la salvación sea solamente para el espíritu, sino que la salvación llegue totalmente al alma. La adoración y el servicio deben ser también racional.

Uno también debe usar sus sentimientos, pero deben ser sentimientos renovados. Hay amores en el alma, pero los amores naturales del alma, los amores que traemos en nuestra herencia adámica, no le sirven a Dios. Esos amores se desbordan hacia lo que no es de Dios, e inclinan a la persona hacia preferencias que ponen a Dios en un plano inferior. Por eso es que el Señor reitera en Su Palabra, pues es muy importante para nosotros, diciendo que quien no aborrece a su padre, a su madre, a su cónyuge, a sus hijos y demás seres queridos, no es digno del Señor. Ese aborrecimiento se refiere a que nosotros no debemos seguirlos amando con el amor del alma, sino con el amor del Señor en nosotros. Debemos amar a nuestros parientes, pero con el amor del Señor. El amor del Señor no prefiere a nadie por encima del Señor mismo. Por eso dice la Palabra que debemos tener los sentidos ejercitados.

Volviendo a 1 Corintios 3, dice: "2Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, 3porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?" En el mundo religioso cristiano, refiriéndose a ciertas corrientes al parecer pseudocristianas, dicen: Tales y tales movimientos son sectas. Pero, ¿por qué piensan que son una secta? ¿Acaso solamente porque no enseñan la "sana doctrina"? Pero de acuerdo a la Palabra de Dios, el sectarismo proviene de lo que divide el cuerpo de Cristo. La secta divide el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, así se crea que estén enseñando la "sana doctrina". Esas son las sectas.

Nosotros somos poseedores de la Palabra de Dios. Pero con la Palabra sólo en la mente no podemos conocer el reino de Dios. No lo podemos distinguir. La Palabra debe profundizar en nosotros por el Espíritu. Veamos las declaraciones de Dios en Hebreos 4:12. El autor viene hablando del reposo de los hijos de Dios, y toma el ejemplo del pueblo de Israel bajo el liderazgo de Josué, cuando los introdujo en la tierra prometida. Pero Josué no les pudo dar el reposo; había mucha tarea que ejecutar conquistando las localidades, antes de que ellos alcanzaran a vivir en reposo en la tierra que mana leche y miel. Por ejemplo en Hebreos 4:8-10 dice: "8Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día. 9Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. 10Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas". La tierra prometida es tipo de Cristo. ¿Quién puede reposar en Cristo? Nadie puede reposar en Cristo mientras el alma no haya sido sometida, procesada en la cruz. Mientras eso no haya sucedido, uno no reposa en Cristo. Uno sigue intentando reposar en sus propios pensamientos, íntimas ilusiones, planes, y lo sigue haciendo porque sigue creyendo que lo está haciendo bien, y eso se debe a que no ha aprendido a reposar en Cristo.

Dice Hebreos: "10Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas". Uno no puede esperar en el Señor mientras su alma no haya sufrido ese proceso de muerte en la cruz; mientras tanto no puede reposar en el Señor y esperar en Él. "11Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia. 12Porque la palabra de Dios (los corintios tenían un amplio conocimiento de la Palabra de Dios) es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón".

En el Antiguo Testamento los sacerdotes, cuando sacrificaban los animales en el altar de bronce, usaban unos cuchillos muy cortantes, y a los animales para el sacrificio los seccionaban y lo dividían con mucho cuidado, detalle y profundidad penetrando en las carnes para conocerle por dentro en tal magnitud que llegaban hasta dividir las coyunturas y los tuétanos. Y el animal se inspeccionaba por dentro con toda claridad, en sus entrañas y demás. ¿Cuál es el efecto de la Palabra de Dios en nosotros? La Palabra de Dios descubre nuestra vida íntima; y el Espíritu de Dios quiere por la Palabra mostrarnos exactamente cómo somos, cómo estamos, cómo ve Él nuestro ser. Porque nosotros por nosotros mismos no nos conocemos rigurosamente, y a menudo nos valoramos mal: nosotros solemos juzgarnos mal. Entonces la Palabra de Dios es el cuchillo que va seccionando y mostrando cada aspecto de nuestra alma, de nuestro carácter. Dice: 12Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu". En el espíritu del creyente ya reside el Espíritu de Dios; pero en el alma reside nuestro yo; el alma es la sede de nuestra personalidad; allí permanece toda la herencia humana ancestral; allí están arraigadas las costumbres; allí están los gustos, los amores, los odios, las inclinaciones, las aberraciones; todo lo que somos está ahí latente. Es necesario que todo sea descubierto en los hijos de Dios. ¿Para qué? Para ser llevado voluntariamente a la cruz. Por naturaleza, nosotros le tenemos pavor a la cruz; no queremos sufrir ni ser descubiertos. Incluso hay personas que les produce temor pedirle al Señor que les dé paciencia; pues piensan que el método que usa el Señor para equiparnos de paciencia es por medio de pruebas; entonces, para evitar problemas y sufrimientos, pues mejor no pedirle paciencia a Dios.

Consagración en sacrificio vivo

Entonces, si nosotros no vamos a la cruz, ¿cómo vamos a andar en pos de Cristo, si con Cristo no podemos andar sin que sea crucificado nuestro yo? Nuestro yo reside en el alma, y ésta debe ser seccionada, todo lo nuestro debe ser perfectamente dividido, para poder ver bien claro lo que es del alma y lo que es del espíritu. Nosotros podemos ser muy buenas personas; y a veces creemos que somos buenas personas, pero sólo Dios sabe que somos buenas personas o no; y la Palabra tiene que llegar hasta allá, por el Espíritu, a fin de descubrirlo todo. Por eso es que la Palabra no debe quedar solamente en el entendimiento. Cuando Pablo dice en Romanos 12 que presentemos nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, eso nos indica que tiene que ser sacrificado nuestro ser delante de Dios. Si no nos ofrecemos en sacrificio vivo y nos consagramos al Señor como Sus sacerdotes, difícilmente lograremos entender qué es el Reino de Dios. Y si no lo entendemos, no podemos vivirlo, y si no lo vivimos, no lo podemos transmitir. Y para entrar en el futuro reino milenial de Cristo con los vencedores, es necesario que lo vivamos ahora; y tenemos que difundirlo ahora. La Palabra de Dios habla de los hijos del reino. En la parábola de la cizaña, el Señor explica, diciendo: "El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo" (Mt. 13:38). Pero no todos en la Iglesia tienen ese conocimiento y mucho menos esa vivencia del reino de los cielos en este momento. Observen no más la parábola de las diez vírgenes.

Revelación de los misterios

"12Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón". Pero eso sólo lo hace la Palabra de Dios cuando penetra hasta lo profundo de nuestro ser. Como lo enseñaba el hermano Gino Iafrancesco en su serie sobre el reino de Dios en las parábolas, vemos entre las más significativas, que son las parábolas del capítulo 13 del evangelio de Mateo, allí, en la primera parábola, la del sembrador, encontramos tres aspectos: el sembrador, la semilla y la tierra. Algo sencillo, del campo, del trabajo de la gente humilde. "1Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar. 2Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se sentó, y toda la gente estaba en la playa. 3Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a sembrar". Y el Señor les relata la parábola del sembrador a las gentes. Pero ¿cuál es el motivo de las parábolas? ¿Por qué el Señor habla a veces en parábolas? ¿A quiénes van dirigidas estas parábolas? Miremos la reacción de los discípulos del Señor ya en privado con Él: "10Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas?" La Palabra de Dios dice que el Señor les respondió a ellos, a sus discípulos privadamente; tal vez ya habían llegado a la casa, y a ellos, a los hijos del reino sí les podía hablar las cosas claras. "11El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado". Es como si les hubiera dicho: Ellos tuvieron su oportunidad y no la aprovecharon; ahora a ellos no les es dado saber los misterios del reino.

¿Por qué habla de misterios? Sencillamente porque si aquí no hubiese esta explicación del Señor, no entenderímos esta parábola. Tiene que haber una revelación de Dios por el Espíritu para que la Palabra penetre en nosotros. ¿Cómo? ¿Acaso nosotros no somos ya hijos de Dios? ¿Acaso nosotros no hemos venido año tras año aprendiendo la Palabra de Dios? ¿Acaso nosotros no buscamos del Señor orando, reuniéndonos, hablando en lenguas? Pero aveces también debemos orar y suspirar y decirle al Señor: Señor, ya no queremos seguir siendo unos creyentes mediocres; dame tu mano y tu revelación. Hoy aprendí algo sobre la cruz, pero ¿cómo es eso, Señor? Lo dice en tu Palabra, pero no lo entiendo mucho. Yo te clamo a ti, Señor; quiero vivir la cruz, quiero tomar mi cruz cada día; quiero dar un paso más adelante en mi vida contigo, y poder conocer tus secretos, tus misterios, y saber cómo es tu reino en este momento en la Iglesia y sobre la tierra.

El Señor ya reina. Cristo es el Rey. Pero yo no comprendo cómo se manifiesta el reino del Señor en la Iglesia, a menos que Él me lo revele. Porque se puede vivir un cristianismo sin Cristo y sin Su reinado. Hay partes de la Biblia que dicen que el Señor está por fuera de la iglesia degradada, y que la puerta está cerrada para Él; pero el Señor insiste, y Él está llamando. Esto es serio. "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo" (Ap. 3:20), juntos. "Si alguno quiere venir en pos de mí". Son textos sagrados en los que el Señor está buscando gente que ande en pos de Él, que quiera trabajar con Él, que conozca, viva, lleve y difunda el evangelio del Reino de los cielos. Pero no se puede recibir el evangelio del reino si no hay revelación. Puede haber mucho conocimiento de la doctrina; uno puede ostentar incluso un doctorado de divinidades, pero sea con poco o con mucho conocimiento intelectual, debe recibir revelación del cielo.

Por eso la Palabra habla de los misterios. Qué fácil es leer que llega un sembrador, toma la semilla y va a la tierra y la siembra, y mientras la siembra, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron; parte cayó en pedregales, pero las planticas se quemaron por falta de profundidad en la raíz; parte cayó entre espinos y la ahogaron; pero parte cayó en buena tierra, y dio su fruto. Todo eso se ve muy fácil, claro. Señor, ¿Por qué les hablaste en parábolas? Tampoco nosotros, tus discípulos, entendemos. Dinos, pues, el significado de todo eso. ¡Ah! ¿ustedes quieren saberlo? ¿Quieren revelación? Bueno, a ustedes les es dado conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no les es dado. ¿Por qué no les dado? "12Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. 13Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden. 14De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis. 15Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane". A cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun la poca luz que tenga, le será quitada. En ese momento se refiere a los judíos que se han opuesto al Rey de los cielos y lo rechazan. Pero el que tiene y se le da más es aquel que recibe y sigue al Señor; a ese seguidor se le dará en abundancia la revelación que se refiere al reino. Alguien puede decir: Bueno, ¿yo para qué quiero más? Yo me quiero quedar así. ¡Cuidado! Puedes perder la poca revelación que tengas. Debes avanzar, hermano. Con el Señor hay que avanzar. Nosotros tenemos una responsabilidad; y cada día el Señor nos lo va descubriendo con mayor claridad. Nosotros tenemos una gran responsabilidad. 13Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden".

Los afanes de la vida diaria

Tenemos el asunto de la vida nuestra mientras estamos en esta tierra. Nuestra cotidianidad, que dicen. ¿Cómo la estamos viviendo? Tomemos, por ejemplo, las declaraciones del Señor en el capítulo 6 del evangelio de Mateo. Allí en el versículo 25 habla el Señor de nuestras preocupaciones y prioridades; de esas preocupaciones diarias. Porque en verdad hay que comer todos los días, y pagar las facturas de los servicios, y las mensualidades escolares y muchas otras cosas; entonces hay que trabajar, hay que moverse en muchos afanes; hay que asistir al colegio, a la universidad; de pronto hay que ir a meter hojas de vida para procurar un empleo, etc.; eso es una lucha diaria. Pero, ¿qué dice el Señor sobre todo eso? ¿Cuánta de nuestra atención e interés le dedicamos a todas esas cosas, en esos afanes? ¿Cuál es el grado de tu fuerza anímica? Si conocemos lo del reino, si tenemos revelación de Dios, todo lo eso lo vamos a ver en otra dimensión.

Sí, nosotros tenemos que trabajar; el que no trabaja, que no coma, dice la Palabra de Dios. Pero para nosotros ¿cuál es la importancia de buscar las cosas para nuestra subsistencia y confort, y que la vida, el mismo ser nuestro nos reclama, y nos atrae, y nos conmina el mismo mundo en el que vivimos, maltrecho y vagabundo? Esto es serio. La iglesia santa está aquí; y todos los días tenemos que vernos con el mundo y sus espectáculos, sus engaños y apariencias, sus injusticias. Todos los días sentimos los coletazos del violento, del político corrupto. ¿Cuál es, pues, nuestro interés y vinculación en todo esto?

Entonces, en Mateo 6 leemos desde el verso 24: "24Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas". Cuando uno realmente no tiene la suficiente revelación, y no ha pasado por un proceso en el altar de bronce, no tiene capacidad espiritual para hacer una clara diferenciación entre un señor o el otro. ¿Entendido? Analicemos cómo dice: "Ninguno puede servir a dos señores (dos amos)". A veces nosotros, si seguimos en la condición de los corintios, no podemos discernir bien si servir al uno o al otro. Ah, pues, yo le puedo servir al uno y al otro simultáneamente. Pero el Señor dice que no se puede, que le sirvamos sólo a uno de los señores, a Dios o a las riquezas, pues es imposible servir a los dos al mismo tiempo. Y eso hay que discernirlo por la Palabra y por el Espíritu. Dice: "Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro". El hermano que ama lo que tiene y lo que es, no solamente no estima al Señor, sino que lo menosprecia; y cuando uno realmente conoce a Cristo y lo sigue, y le sirve como es, con consagración, aborrece lo que no es de Cristo. Hay cosas en la vida que hay que tener, sí; pero no debemos darle la categoría de señor, sino darle de lo que meramente es, un medio; porque la verdadera comida, y la verdadera bebida es el Señor Jesucristo (cfr. Juan 6:55). El verdadero vestido es el Señor (cfr. Ef. 4:24). Él es el que hace llover el maná. Quiera el Señor que lo podamos comprender. Dice: "No podéis servir a Dios y a las riquezas". Más bien se debe servir a Dios o a las riquezas. ¿Verdad? A uno de los dos. O se es frío o caliente.

¿Qué dice? Son palabras del Señor. "25Por tanto (habiendo escuchado lo anterior) os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?" Esta declaración no contradice los textos sagrados que dicen que debemos ser responsables. Aquí lo que está diciendo es: ¿Dónde está tu corazón? ¿Cuál es tu verdadero interés? Si nuestro interés es el Señor, Él cumple Su parte. Él cumple todo en lo que se compromete. Porque fíjense, ya al final del contexto, dice: "31No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? 32Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. 33Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas". Hay que buscar primeramente el reino de Dios. Lo demás hay que buscarlo; pero hay que buscar primeramente el reino de los cielos. Ese es el meollo, ese es el punto, buscar primeramente el reino. Estamos aquí, somos hijos de Dios, nuestra patria está en el cielo, dice la Palabra; estamos con el Señor. Entonces, ¿cuál es realmente nuestra economía? ¿cuál es la administración de los bienes que hemos recibido del Señor? ¿Cuál es nuestro interés? ¿Cuál es nuestro negocio? Pronto estaremos con el Señor. Queramos o no, estaremos pronto con el Señor. Es un evento que no tiene vuelta de hoja.

El Reino de Dios primero

"Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas". Si tú le eres fiel al Señor, todas esas cosas te serán añadidas. Que yo no entiendo ahora cómo es buscar el reino de Dios; pues plantéaselo al Señor. Él sí te lo dice. Nosotros no vamos a hacer un esfuerzo almático, y vamos a decirle al Señor: Señor, aquí estoy yo listo; tomo mi cruz, y me niego a mí mismo. Yo no le puedo decir eso al Señor, pues yo no puedo tomar mi cruz solo, ni me puedo negar a mí mismo por mi sola cuenta; esa es una obra del Señor en mí. Yo me consagro a Él; pero para ello debo estar dispuesto, y estar atento y en vela, porque el Señor va a manejar mi vida a fin de llevarme a esa posición. El Señor me va a llevar al altar de bronce. Yo voluntariamente voy al altar pero con Cristo. Pero yo debo decirle: Señor, dame valor para enfrentar las cosas que se van a presentar. El Señor fue a la cruz, pero antes de que penetraran los clavos en su carne, ¿qué había sucedido con el Señor? ¿Cuántos enfrentamientos tuvo que sufrir el Señor? Hasta uno de sus doce lo traicionó y lo vendió, y fue llevado a la ignominia, a los azotes, a la corona de espinas, al escarnio; y lo trasladaban de un funcionario del gobierno a otro, en medio de burlas. ¿Tenemos miedo? ¿Hay temor en nosotros por lo que nos pueda suceder? Que el Señor nos ayude, hermanos. El Señor está obrando ahora.

Esta es una reunión de la obra y hay hermanos de casi todas las iglesias de las localidades del Distrito Capital. ¿Nosotros ya estaremos viviendo el estadio del reino? ¿Hay en nosotros responsabilidad espiritual con el Señor frente a lo que vivimos? ¿Estamos nosotros entendiendo lo que quiere el Señor para nosotros? ¿Estamos ya viviendo el rol que el Señor determinó para nosotros? Son obras, como dice en Efesios 2:10, que el Señor determinó desde antes de la fundación del mundo para cada uno de nosotros; pero esas obras no se pueden realizar a menos que nosotros hayamos pasado por una verdadera consagración; y la verdadera consagración nos lleva al altar de bronce, y ese altar en el Antiguo Testamento es la cruz en el Nuevo, en la Iglesia. Allá era altar de bronce, y aquí es la cruz; y la cruz es muerte, muerte del yo, muerte del alma, muerte de nuestros propios programas y de nuestros deseos, muerte de nuestras vanidades e ilusiones, muerte de todo lo que no proviene de Cristo por Su Espíritu. Bendito el nombre del Señor.

| Referencias (0)


 

Hacia la vida en el Espíritu

Enlace permanente 4 de Mayo, 2007, 7:27

Enlaces:

Estudios eclesiológicos

Estudios homiléticos

Vida espiritual

Exégesis histórico-profética

Soteriología

Crónicas testimoniales

HACIA LA VIDA EN EL ESPÍRITU

Por  ARCADIO SIERRA DÍAZ

Ósculo santo

Hoy, antes de comenzar la reunión, nos saludamos con los hermanos que ya habían llegado, y con casi todas las hermanas nos saludamos con ósculo santo, conforme lo dice la Palabra de Dios en Romanos 16:16; 1 Corintios 16:20; 2 Corintios 13:12, y 1 Tesalonicenses 5:26. Es una sana recomendación del apóstol Pablo. Claro, entre nosotros los latinoamericanos, entre los hombres no acostumbramos saludarnos con ósculo, pero sí es una costumbre ancestral en muchas culturas actuales, entre ellas los rusos, los árabes y otras. En la Iglesia, desde sus comienzos era una muestra de sincera fraternidad. En nuestro saludo el ósculo es santo porque está libre de cualquier cosa incoherente, de formalidad e hipocresía; también el ósculo es santo porque va revestido de sinceridad, sin prejuicios sociales y raciales, y desde el comienzo se acostumbraba entre personas del mismo sexo. De que era una costumbre en los tiempos del Señor Jesús, lo comprobamos en las Escrituras con el caso de Judas Iscariote cuando señaló la identidad del Señor dándole un beso. Por eso el Señor le dijo: "Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?" (Lc. 22:48). Eso nos muestra que era normal saludarse de beso entre los hombres en Israel, y más tarde sobre todo en la Iglesia. Por esa razón cuando Pablo dice a los romanos, a los corintios y a los tesalonicenses: "Saludaos los unos a los otros con ósculo santo", se refería también al saludo entre los hermanos varones. Es bien difícil que entre nosotros se llegue a dar esta costumbre, por nuestra arraigada tradición. El ósculo, en tanto que sea sincero y despojado de otras motivaciones que no sea el amor fraternal, es santo.

Un acuerdo del Espíritu

En estos días el Señor nos ha venido inquietando, a los que tenemos la responsabilidad de enseñar en las reuniones de la obra, tanto de los viernes como de los primeros domingos de mes, a fin de que, sin que nos hubiésemos puesto de acuerdo, sino por la guía del Espíritu Santo, le demos secuencia a un tema espiritual que el Señor está interesado que se enseñe a los hermanos. El Señor quiere algo de nosotros, y para ello nos quiere enseñar lo pertinente; nos quiere enseñar y revelar todo lo que necesitemos saber y vivir; pero Él no quiere que esas enseñanzas queden sólo en el terreno de la mente; si es que siquiera permanecen ahí.

El Señor Jesús, en su oración sacerdotal contenida en el capítulo 17 del evangelio de Juan, dice al Padre: "3Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado". El conocer a Dios y a Su Hijo Jesucristo trasciende el mero conocimiento objetivo, aunque el conocimiento objetivo es sumamente importante; pero allí se refiere el Señor más que todo a un conocimiento subjetivo de Dios y de Su Cristo, el cual necesariamente no se puede obtener sin la ayuda de la revelación. Una persona puede haber cursado estudios superiores de teología y divinidades, y puede haber adquirido mucho conocimiento objetivo, y no necesariamente subjetivo. Eso puede ocurrir; como también puede llegar el momento en que tenga ambos conocimientos, Cuanto más avanzamos en el conocimiento de Dios subjetivamente, más deseamos conocerle y caminar con Él, y más nos empeñamos en pedirle que nos llene de Su Espíritu; y nuestro interés por los intereses del Señor se va acrecentando. Me atrevería a conceptuar que es como una progresión geométrica.

En estos días el Señor nos ha inquietado a enseñar un poco de estos tópicos, de la cruz, de la negación de la vida del yo, de la seguridad de la salvación, de la vida de resurrección, de la crucifixión del viejo hombre; y nos ha guiado al análisis de algunos textos de la carta de Pablo a los Romanos. Por ejemplo, el viernes pasado, el hermano Maximino Ramírez expuso su enseñanza basándose en los primeros versículos del capítulo 8 de esa epístola. Hoy abro la Biblia y no puedo apartar mi atención de ese mismo capítulo. Entonces miremos nuevamente qué nos quiere seguir enseñando el Señor en ese texto. Ese texto se ha convertido como en un manantial inagotable de sabiduría y de conocimiento de Dios.

Condenación subjetiva

Leamos, pues, en Romanos 8: "1Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús". Pues bien, así como hay un conocimiento objetivo y otro subjetivo, así también ocurre con lo relacionado con la condenación. Cuando aquí dice: "ninguna condenación", aclaramos que también hay una condenación objetiva y una condenación subjetiva. ¿A cuál de las dos se refiere Pablo aquí? Si tú lees con atención desde el comienzo de la carta de Pablo a los Romanos, desde el versículo 1 del capítulo 1 hasta el versículo 20 del capítulo 3, te darás cuenta que Pablo allí habla de la condenación objetiva. Por ejemplo, entre otras cosas, habla tajantemente de que los gentiles están condenados, porque son culpables ante Dios; igualmente los judíos son culpables delante de Dios, y están condenados. El mundo entero es culpable ante Dios; habla de que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado. Dice que la ley te condena, pues tú no puedes cumplir la ley, de manera que en toda la humanidad, todos los hombres están destituidos de la gloria de Dios.

Pero Romanos 8:1 ya no se refiere a esa condenación objetiva, porque aquí habla después de la regeneración del creyente. Cuando leemos al final del capítulo 6 de Romanos, encontramos la siguiente afirmación: "22Mas ahora que habéis sido libertados del pecado (ya hay la vida de Cristo en el creyente) y hechos siervos de Dios (antes éramos esclavos del pecado y ahora somos siervos del Señor), tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. 23Porque la paga del pecado es muerte (eso es lo que engendra el pecado), mas la dádiva (el regalo inmerecido) de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro".

Si nosotros pasáramos por alto el capítulo 7 de Romanos, yendo inmediatamente al capítulo 8, después de leer la anterior declaración, y leemos en el 8: "1Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús", esa condenación seria objetiva. Si no tenemos en cuenta el capítulo 7, la condenación de que habla el capítulo 8 sería objetiva. Pero esta condenación de que habla aquí no es objetiva, es subjetiva, porque existe el capítulo 7. El capítulo 7 de la carta de Pablo a los Romanos no puede dejar de existir, porque nosotros cuando fuimos regenerados cuando creímos en Cristo, todavía en nosotros sigue existiendo una ley, dentro de nosotros sigue una fuerza, ahí permanece un principio maligno que se llama pecado, y continúa activo el hombre viejo, mientras no sea tratado, en multitud de creyentes, lo cual hace que el creyente pueda parecer susceptible de condenación, y hasta pueda llegar al convencimiento de que está al borde de perder su salvación. Por eso a menudo hay una lucha interior en el cristiano, lucha que Pablo describe en el capítulo 7.

No puedo hacer el bien que quiero

Dice Pablo: Quiero hacer el bien; con mi mente yo quiero hacer lo bueno; pero encuentro que en mis miembros hay una fuerza, una ley, un poder que me arrastra y me obliga a hacer lo que yo no quiero. Aquí, en este lugar, el Señor le está hablando a alguien. Aquí hay alguien que necesita escuchar esto. Si tú eres un creyente, ya tienes una poderosa salvación, tienes un poder en ti más fuerte que aquella fuerza que te ha esclavizado hasta el día de hoy. Y ese nuevo poder mora en ti, y mora en mí, y está allí, y quiere crecer; necesita crecer y desarrollarse; necesita abrirse paso; necesita demoler lo que en nosotros es antiguo, lo que hemos arrastrado de nuestra vieja manera de vivir. Yo no puedo hacer el bien que quiero; y eso mismo a lo mejor lo diría el apóstol Pedro, y todos lo seguimos manifestando. Quiero hacer el bien y no puedo. Hay una ley, una poderosa fuerza que me lo impide.

Hermanos, así como hay leyes naturales y cósmicas, como la ley de la gravedad, también hay leyes espirituales. El diablo mismo se rige por leyes. ¿Cómo sería todo si así no fuera? El diablo no se mueve ni hace las cosas a su capricho. Por ejemplo, el diablo no podía meterse con la vida de Job ni con la Pedro si antes no recibía la autorización de Dios. El diablo necesita la autorización de Dios o la tuya propia. Cuando el diablo empieza a usarte a ti, es porque tú le estás abriendo alguna puerta de acceso y le permites el comodín para que te use. El diablo no tiene poder alguno sobre nosotros los ungidos de Dios, pero dentro de nosotros hay principio que él inyectó, y estará allí hasta que este cuerpo se pudra. Y por eso es que nosotros no podemos llegar a la gloria con este cuerpo, porque ese principio no sale de nosotros hasta que este cuerpo descienda al sepulcro. En la gloria tendremos un cuerpo glorificado. Este cuerpo será un día resucitado en gloria, y en el cuerpo glorificado no anidará esa ley de maldad.

Entonces, hermanos, por ese motivo tiene que existir el capítulo 7 de la epístola a los Romanos; porque nosotros tenemos que darnos cuenta que nosotros traemos todavía en nosotros intrínsecamente ciertas fuerzas y principios que nos hacen daño. Pero gracias al Señor que un día conocimos a Cristo, y ese día nos vino la vida eterna a nosotros; nos vino la vida que no ha sido creada; nos llegó la vida divina, que jamás se va a salir de nosotros; y esa vida que trae el Espíritu, es la vida de Dios en nosotros. El capítulo 8 de Romanos habla del Espíritu y de la vida. El tema central de este capítulo lo constituye esos dos aspectos: Espíritu y vida.

El Espíritu es el que da vida

En nosotros se libran unas tremendas luchas. En el capítulo 6 del evangelio de Juan, el Señor se muestra como el verdadero pan del cielo, nuestro verdadero alimento; y allí dice el Señor que nosotros tenemos que alimentarnos de Él, de Su carne y de Su sangre, y el caso es que los mismos que andaban con Él se escandalizaron, e interrogaron seriamente al Señor sobre eso. Dice la Palabra: "60Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? 61Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os ofende? 62¿Pues qué (el Señor les formula una segunda pregunta), si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?" En esos momentos Sus discípulos solamente veían al Señor en la carne. Ayer sábado, cuando estábamos en la clase de la escuela de la obra, el Señor nos guiaba a meditar en ese aspecto, que no debemos mirarnos en la carne. Si nosotros continuamos mirándonos en la carne, hermanos, ¿a dónde vamos a llegar? Si al mismo Cristo un día miramos en la carne, hoy no lo debemos mirar así. Ellos, Sus discípulos, en esos momentos lo estaban mirando en la carne. De pronto se estaban imaginando un trozo de la carne del Señor, goteando sangre, y se dijeron: ¿Quién puede siquiera escuchar semejante cosa? Una cosa es estar en la carne, y otra muy diferente es estar en el Espíritu. Por eso el Señor les dice: "62¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?" ¿Entonces qué podrían argumentar ustedes? Y Él se los explica enseguida con las siguientes palabras: "63El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida". Es el Espíritu el que da vida; nosotros, así como venimos, aun estando ya regenerados, no podemos dar vida, a menos que vivamos en el Señor, a menos que la vida de Él se haga realidad en la intimidad de nosotros. El Espíritu es el que da vida; es decir que la vida está en el Espíritu.

La Palabra, el Espíritu y la vida

"63El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida"; pero la vida que está en el Espíritu no se trata de la vida biológica, ni de la vida psíquica. Miren esas tres cosas: Palabra, Espíritu y vida. La Palabra que Yo os he hablado; está la Palabra; aquí está registrada y fue inspirada por el Señor. Yo quiero saber qué es lo que el Señor dice; quiero saber qué es lo que el Señor nos habla sobre este asunto. La Palabra está aquí, pero hay que ver su contenido verdadero a través del Espíritu, para que sea vida. El Espíritu es el que suministra vida. Nosotros no podemos tomar textos bíblicos en la mera carne y usarlos para ofender y dar bibliazos, como decía en días pasados nuestro hermano Edgar Orlando Salamanca; se debe tomar en el Espíritu para que dé vida.

Por eso ahora nosotros tomamos este texto de Romanos 8 que dice: "1Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús (se trata ya de una condenación subjetiva), los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu". A veces, hermano, si tú no andas en el Espíritu, el mismo demonio te habla y te acusa a ti mismo, y te hace creer mentiras, y te condena. "1Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu". Hermanos amados, miren, la carne está ahí, y estará hasta el mismo momento en que nosotros nos estemos muriendo. Vamos a suponer que el Señor le alargue la vida a un creyente, y le permita que viva unos cien o ciento diez años en esta tierra; ahí estará la carne. Suponiendo que no solamente le alargue la vida, sino que además ese hermano haya experimentado un crecimiento espiritual extraordinario, y se le considere un verdadero patriarca en todo el sentido de la palabra; ahí está la carne, y la carne en cualquier momento quiere hacerse sentir. Ella solamente está esperando que tú le des la más mínima oportunidad. Y por eso Pablo, después de ilustrar lo malo de la autoindulgencia, refiriéndose a los israelitas cuando venían por el desierto, dice: "Así que, el que piensa estar, mire que no caiga" (1 Co. 10:12). ¿Por qué lo dice? Porque puede caer, pues la carne está ahí.

La ley del Espíritu

Por eso es que en el versículo 2 el apóstol hace hincapié en una extraordinaria revelación, cuando dice: 2Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte". Son leyes que actúan en nosotros. Cuando nosotros recibimos a Cristo, experimentamos un nuevo nacimiento; eso se llama regeneración. ¿Qué es la regeneración? La regeneración consiste en que Dios por Su Espíritu viene a morar en nosotros, y nos trae Su naturaleza, la naturaleza divina; de manera que desde el día en que nosotros creímos, tenemos dos naturalezas: la naturaleza humana, donde ha venido morando el hombre viejo, que siempre estará en nosotros como humanos, y la naturaleza del hombre nuevo, que es Cristo en nosotros. Pero hay un detalle. El hombre viejo siempre ha estado en nosotros muy crecido, pero ahora Cristo quiere crecer en nosotros, y sobrepasar la estatura del hombre viejo.

Tenemos el caso similar de María de Nazaret. Es un caso similar, no igual. María fue visitada por Dios mediante el envío del ángel Gabriel. El ángel le dijo: "31Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. 34Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. 35Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra... 38Entonces María le dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra". Cuando ella pronunció esas palabras, inmediatamente autorizó a Dios, y al instante se produjo una concepción sobrenatural y se inició la encarnación del Verbo de Dios, y a los nueve meses nació el Hijo de Dios en su condición humana. El Verbo de Dios salió de María. Pero de nosotros no va a salir. María usó su voluntad, y nosotros también usamos nuestra voluntad delante de Dios para ser salvos. El día que creímos, Dios vino a morar dentro de nosotros para jamás salir. Cristo mora en nuestro espíritu, y Él quiere crecer y crecer en nosotros, y en la medida que crece es porque en nosotros hay algo que va muriendo, hay algo que Cristo va desplazando, hay algo que se va demoliendo, hay algo que va triturando, hay algo que se va poniendo a un lado; y mientras ese algo, esa parte de nosotros no es demolida, y mientras ese algo no es destruido, no se edifica Cristo en nosotros, porque Él no obra a la fuerza; Él lo hace conjuntamente con nosotros. Cristo quiere que le digamos: Señor, no se haga mi voluntad sino la tuya.

Dos leyes que se contraponen

Entonces este hecho de nuestra regeneración fue simultaneo al del que el Espíritu Santo viniera y nos trajera vida. En ese momento nos trajo una nueva naturaleza, pero también trajo consigo una nueva ley; de manera que ahora hay dos leyes en nosotros: una que nos esclavizaba y nos llevaba al pecado, y otra que contrarresta la anterior. Y el caso es que la ley del pecado, sin que nos tenga esclavizados ahora siendo creyentes, sin embargo los creyentes no estamos exentos de sus continuas embestidas. Yo no sé cómo hay personas que dicen que ya los creyentes no pecan. Son dos leyes. Ilustramos con un ejemplo: existe lo que se llama la ley de la gravedad, pero los ingenieros aeronáuticos perfeccionaron otros mecanismos de fuerza que están contemplados en la aerodinámica, y pusieron en práctica una fuerza capaz de contrarrestar la fuerza de atracción de la gravedad, a fin de que los aviones puedan levantar vuelo. Vemos que la ley de la gravedad siempre estará ahí atrayendo todo hacia la tierra, pero en los principios de la aerodinámica han descubierto fuerzas superiores a la de la gravedad. Cuando el avión va en vuelo, no significa que no sigue existiendo la ley de la gravedad. Si fallan los mecanismos que hacen volar el avión, éste se precipita a tierra.

Así también hay una ley que esclaviza al hombre sin Cristo. Los hombres no se sacian con ninguna cantidad de dinero ni de placeres; los hombres siempre están buscando la felicidad más allá de la que hipotéticamente les puede proporcionar lo que poseen; y para ello no importa invadir los derechos de los demás. El hombre siempre está buscando ser feliz adquiriendo más dinero, alcanzando más poder, experimentado placeres más fuertes. No importa si para ello le cueste la vida a mucha gente. Tú mueres para que yo viva feliz. Es así también con lo que atañe al poder político, religioso o económico. Nada satisface al corazón del hombre. El hombre es un esclavo, aunque crea lo contrario. Y esa esclavitud del hombre ¿de dónde sale? De su misma naturaleza caída. Y así seguimos siendo nosotros después de ser regenerados, pues seguimos con esa fuerza maligna en nuestros miembros; y es por eso que aveces quisiéramos dar respuestas diferentes a los hermanos, ser pacientes, y todos esos aspectos que se relacionan con el fruto del Espíritu, cuando la vida de Cristo ya se ha desarrollado en nosotros, cuando Cristo ya ha demolido ese yo pretencioso y poderoso, que nos lleva siempre a querer más y más.

Las obras de la carne

Cuando ya la vida del Espíritu se ha desarrollado, entonces se va edificando un nuevo carácter en nosotros, el carácter de Dios. Y por eso es que Gálatas lo dice, pues se trata de una poderosa ley de Dios en nosotros; esa ley se va fortaleciendo en nosotros. Entonces Gálatas 5 primero dice: "16Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne". Ese "andad" significa que nosotros también debemos operar, y no solamente dejar que lo haga el Señor. Él lo quiere hacer, pero con nosotros. A veces yo tengo una expresión, que no sé si les gusta mucho o no, y es que el Señor no obra como si fuera un mago, pues los magos soplan y sale un conejo. El Señor quiere hacer una transformación, un verdadero cambio en nosotros, pero lo necesita hacer con nuestra colaboración, con nuestra voluntad, con nuestra disposición, con nuestro deseo, con nuestra consagración. El Señor necesita sentirse autorizado para obrar en nosotros, pues Él respeta nuestra determinación. Él quiere que estemos plenamente conscientes y reconozcamos nuestra real situación espiritual. Y tenemos a favor nuestro que el Espíritu mismo nos dice cómo andamos, a fin de que reconozcamos que andamos mal.

Por eso dice en Gálatas: "Andad en el Espíritu"; pues eso depende también de mi voluntad; que yo quiera andar en el Espíritu. La vida en el Espíritu no se manifiesta ni se desarrolla sin el cumplimiento de ciertos requisitos, y uno de esos requisitos es andar en el Espíritu; otros son negarnos a nosotros mismos y tomar nuestra cruz. También dice: "y no satisfagáis los deseos de la carne", porque ya tenemos una luz en nosotros que nos aclara cuáles son los deseos de nuestra carne; y a veces somos tercos y obstinados, como Balaam. Si el Señor nos está diciendo: "No, no lo hagas", nosotros tratamos de insistirle al Señor, diciéndole que tal proceder nuestro es bueno y deseable, y hasta conveniente. Pero el Señor nos sigue diciendo: "No, no lo hagas". Nosotros no andamos en tinieblas. Cuando obedecemos al Señor, llega el momento en que vemos que el Señor tenía la razón, pues el Señor lo sabe todo y quiere lo mejor para nosotros. Por eso dice la Palabra: "Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. 17Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos (el Espíritu y la carne) se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis".

Las obras buenas de la carne

Yo les pregunto, hermanos: ¿La carne hace cosas buenas? (La mayoría responde que la carne no hace cosas buenas) Claro que sí; la carne hace cosas buenas, y a veces muy buenas. Miren, hermanos, tengamos en cuenta que Adán y Eva comieron de un árbol cuyo fruto introdujo en el hombre el conocimiento del bien y del mal. Muchas personas en el mundo quieren hacer lo bueno; y de hecho hay muchas personas en el mundo que son "buenas", aunque sabemos que nadie es bueno sino Dios (cfr. Lucas 18:19); pero hay personas, sobre todo las personas religiosas, que hacen acciones buenas, que son amables, que son relativamente pacientes, que son dadivosas y altruistas, que visitan a los presos y a los enfermos, que consuelan, que a veces tienen buenos consejos; pero ese tipo de acciones buenas no "le dan la talla" a Dios, porque a Dios no le sirve nada que tenga su origen en la carne, ni bueno ni malo. Todo lo bueno o lo malo que hagamos sin Dios y Su Cristo, no le sirve a Dios. La carne no entiende a Dios, y tras toda obra de la carne anidan sentimientos egoístas y mezquinos, por mucha apariencia de bondad que trasluzcan. Hay personas que son amables antes de conocer al Señor; hay otras que son pacientes antes de conocer al Señor, pero esa amabilidad y esa paciencia, e incluso otras virtudes dignas de encomio, no tienen origen en Dios, sino en el árbol del conocimiento del bien y del mal; entonces son manifestaciones de la carne. Algunas personas piensan que Dios a veces salva porque alguien es bueno. Ese es un error. Dios no salva a nadie porque sea bueno; Dios salva a alguien porque es malo.

Repetimos la cita de Gálatas: "17Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos (la carne y el Espíritu) se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis". La carne no puede conocer a Dios; la carne no puede entender a Dios, la carne no puede escuchar a Dios, la carne carece de los principios, el poder y la suficiente luz para hacerlo. Por eso es que la ley no nois sirve, no puede salvarnos, debido a que la carne es débil, y ninguna carne puede cumplir la ley. Si nosotros cumplimos la ley, hermanos, es porque el Señor mora en nosotros, y Él la cumple en nosotros en la medida en que se desarrolla subjetivamente la vida de Dios en nosotros.

El fruto del Espíritu

En el mismo capítulo 5 de Gálatas leemos acerca del fruto de cuando ya andamos en el Espíritu. Después que el apóstol proporciona una lista de las obras de la carne, luego dice: "22Mas el fruto del Espíritu es amor (qué bueno que nos saludemos con un ósculo saturado con este amor, sincero, grato: cuando es fruto del Espíritu, ese amor no cambia), gozo, paz (como dice el Señor: No como la da el mundo), paciencia (en el mundo a las personas se le agota la paciencia. Se me agotó la paciencia contigo. ¿Será esa paciencia de Dios? El Señor dice que debemos perdonar no sólo tres o cuatro veces, sino siempre. Dice que setenta veces siete. Y a veces nosotros, aun siendo cristianos, no queremos perdonar ni dos veces. Hermanos, no tiremos la toalla respecto del perdón. Sí, hay hermanos que son un poco atravesados, pero estemos dispuestos a tenerles paciencia; hay hermanos insufribles, pero hay que sufrirlos, hay que amarlos y darles también un ósculo santo Hay una palabra para traducir paciencia, que es longanimidad, que es la grandeza y constancia de ánimo en las adversidades; benignidad, clemencia, generosidad. Longanimidad en griego es makrothumia, de makros, largo; thumos, temperamento ; es decir, largueza de ánimo), benignidad, bondad, fe, 23mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley (quien anda en el Espíritu ya está cumpliendo la ley, sin que esa sea su preocupación). 24Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. 25Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. 26No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros".

En semejanza de carne de pecado

Volvemos al capítulo 8 de la carta de Pablo a los Romanos, donde dice: "2Porque la ley del Espíritu (es una ley; entra la vida de Dios en nosotros y nos traer esa ley poderosa, de vida. Hay una ley en nosotros que se llama ley del pecado y de la muerte, y Dios nos proporciona la ley del Espíritu de vida. La una es de muerte, y la de Dios es de vida y es más poderosa) de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte". En los manuscritos más antiguos de esta carta dice: "te ha librado"; y hay otros manuscritos que dicen "nos ha librado", pero la versión Reina-Valera 1960 dice: "me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. 3Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado" (no en carne de pecado, sino en semejanza; Cristo no hizo pecado) y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne". ¿Eso en semejanza de qué? ¿Cómo es eso? ¿Cómo se explica esa semejanza?

Recordemos en el capítulo 21 del libro de Números, el caso de las serpientes ardientes, cuando los hijos de Israel murmuraron contra Dios y contra Moisés, y muchos se desanimaron por el camino. Ante aquella murmuración Dios permitió que serpientes ardientes mordieran al pueblo. Ante aquello, el pueblo vino a Moisés, y Moisés oró a Dios al respecto. Y el Señor le dijo a Moisés que se hiciera una serpiente de bronce y la levantara en un asta, para que todo aquel que fuera mordido por una serpiente venenosa, alzara su vista y mirara a esa serpiente de bronce a fin de que se pudiesen salvar. Esa serpiente no era una serpiente, era de bronce, era una serpiente de juicio, pero tenía la semejanza de las serpientes ardientes del desierto, y carecía del veneno de esas serpientes. Cristo vino en semejanza de carne de pecado, pero no tenía el veneno del pecado; Él no nació con esa ley, con esa fuerza esclavizante; entonces Él pudo morir por nosotros y condenar al pecado en la carne; a esa ley la condenó en la cruz; y por eso el Espíritu de Cristo contrarresta esa ley.

Sigue diciendo Pablo: 4Para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu". La ley es justa, pero no podía ayudarnos para nada; al contrario, nos condenaba. Pero ahora sí puede ser cumplida por aquellos que no andemos conforme a la ley, sino conforme al Espíritu. Entonces, después del capítulo 7, da por hecho que sí se puede. ¿Si ven la importancia del capítulo 7? El capítulo 7 de Romanos es muy importante porque ahora la Palabra da por hecho que ya no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Eso debe ser lo normal en todo creyente, que ya no ande conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. La carne hizo, la carne se enseñoreó, la carne nos esclavizó. ¡Cuántas veces hemos ofendido al Señor! Pero ya es hora, hermanos, en que la carne no se haga sentir. Ya es el tiempo de lo espiritual. Ya es el tiempo de la vida en el Espíritu. Nosotros tenemos luz es con el Espíritu. Nosotros sólo podemos tener revelación con el Espíritu. Nosotros podemos conocer a Cristo solamente por el Espíritu.

En Dios no hay tinieblas

Como lo dice la Palabra de Dios en el capítulo 1 de la primera carta de Juan, cuando dice: "5Este es el mensaje que hemos oído de él (de Cristo), y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él". Con nosotros se estuvieron congregando algunas personas muy preciosas, pero la verdad es yo no sé el motivo por el cual nos abandonaron y hoy están militando en la secta llamada "creciendo en gracia". ¿Qué les sucedió? Que no vieron el cuerpo de Cristo, y por motivos carnales prefirieron cortar con la comunión con los hermanos, y paulatinamente se fueron cubriendo de un velo de tinieblas que no los dejaba ver la verdad de Cristo y de Su Palabra; y lo que es peor, ya en este mismo mes de marzo (2007), según las noticias aparecidas por Televisión, les van a imponer la marca del 666. Y alguna vez alabaron al Señor con nosotros.

Entonces, para vivir y poder ver las cosas, hay que tener luz. Un ciego necesita ayudarse de un bastón, o de un lazarillo, o de alguien que lo ayude en determinado momento. Un ciego, por muy experimentado y ducho que esté, si va a pasar una avenida, si es prudente pregunta si ya puede pasar. Por eso dice: "Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. 6Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; (pero lo más importante es lo que viene ahora) 7pero si andamos en luz, como él está en luz...". Dios está en luz y Él vive en nosotros con toda Su luz. El mismo que nació un día del vientre de María, ahora vive dentro de nosotros, quiere crecer en nosotros y nosotros en Él; Él quiere caminar con nuestro pies, y mirar con nuestros ojos, y hablar con nuestra boca, y amar con nuestro corazón, oír con nuestros oídos; Él quiere hacerlo, lo ansía; nos lo suplica, si es que se puede decir esa palabra. "Os ruego por las misericordias de Dios", dice Pablo. "No os conforméis a este siglo"; no nos conformemos, dice el Señor en esta hora. Lo primero que el Señor trabaja en nosotros es la mente. La parte que lleva la primacía en el alma es la mente, y es lo primero que el Señor quiere y necesita transformar en nosotros, para que recibamos Su luz inefable. Él quiere llenar de Su luz a nuestra mente transformada. Si no hay luz en nosotros, somos fácil presa del engaño de los demás y aun del engaño de nosotros mismos, de nuestros caprichos y las sutilezas de nuestras ilusiones. Somos tontos; no vemos la luz de Dios. No queremos verla. ¿Cuándo la vamos a ver y dejarnos guiar por Él? ¿Cuándo dejaremos de jugar a la religión?

Si el Espíritu vive en nosotros, si el Espíritu nos ilumina, si el Espíritu nos da Su luz, entonces nadie tiene que enseñarme a mí lo que Dios me quiere hablar, dice aquí en esta carta. Dice Juan en esta carta que el Espíritu mismo, la unción que mora en ti, te lo dice, te lo enseña, te guía a hacer las cosas que a Dios le agradan, lo que a ti te beneficia, lo que Dios quiere contigo. ¿Para qué hay que estarle diciendo todo el tiempo a las personas por dónde tienen que caminar y qué tienen que hacer? ¿Cuándo van a madurar y a escuchar la voz de Dios? El Espíritu mismo nos va diciendo cuál es el camino más seguro que Él quiere que nosotros sigamos, y nos avisa si hay un abismo. Es increíble, hermanos, los años que llevamos, y todavía estamos en lo que estamos, en un estadio espiritual que deja que desear.

Las tinieblas separan a los creyentes

Luego dice Juan: "7Pero si andamos en luz, como él está en luz, (Él está en luz y nos ha traído esa luz a nosotros) tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado". Ojo a eso: si andamos en esa luz, tenemos comunión unos con otros; la oscuridad nos separa. Si nosotros no andamos en la luz de Dios, no podemos tener comunión entre nosotros. Las tinieblas espirituales forjan las sectas y las divisiones en la Iglesia de Jesucristo. ¿Por qué proliferan las denominaciones religiosas? La luz de Dios nos muestra nuestra propia situación espiritual. La luz de Dios me puede mostrar la situación de otra persona por el discernimiento, y por alguna razón muy importante y particular, pero primeramente me muestra mi propia situación frente a Él. Y es por lo que debo preocuparme, por mi propia situación delante de Él. ¿Para qué me voy a preocupar y afanar por la situación espiritual de los demás si descuido la mía? Que se las muestre el Señor mismo también a ellos. El Señor está empeñado que tengamos un mismo sentir, una misma fe, que vivamos unánimes. Dios quiere que tengamos la misma templanza y vivanos en la misma fe y en la misma bondad., "porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado" (Ro. 5:5). Él ha derramado Su amor sobre nosotros y Su paz por medio de Su Espíritu. Ya tenemos la paz que el Señor nos ha dado, no la que el mundo pretende tener a veces; vivamos con esa paz. Démosle también esa paz del Señor al hermano mientras le damos un ósculo santo y sincero, de amor.

"7Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado"; porque la luz de Dios me muestra constantemente lo que haya en mí de sucio; y voy delante de Dios, y le digo: Padre, vengo delante de ti para confesarte mi pecado, pidiéndote que me perdones y que la sangre de tu Hijo me limpie.

Volvemos al capítulo 8 de Romanos. Allí dice: "5Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu". Son dos naturalezas, la humana y la divina; son dos leyes, la del pecado y da la muerte, y la ley del Espíritu de Vida en Cristo; son dos hombres, el hombre viejo, heredado de Adán, y el hombre nuevo, Cristo en nosotros. ¿Cuál es el más importante? El nuevo, Cristo en nosotros, esperanza de gloria. Cristo derramó Su sangre por nosotros, y Su Espíritu nos ha metido dentro del nuevo hombre, esa nueva creación. "6Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. 7Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; 8y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios".

Yo creo que es bueno seguir estudiando la carta de Pablo a los Romanos, y que continuemos buscando esas profundidades de Dios que tanto necesitamos en estos tiempos.

| Referencias (0)


 

La crucifixión del viejo hombre

Enlace permanente 26 de Abril, 2007, 8:31

LA CRUCIFIXIÓN DEL HOMBRE VIEJO

"Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de no sirvamos más al pecado". Romanos 6:6.

Somos justificados por la fe

Al abordar la enseñanza sobre la crucifixión del viejo hombre, vamos a ver algunos conceptos en los capítulos 5, 6, 7 y 8 de la carta de Pablo a los Romanos. Nosotros un día, con la ayuda de la gracia de Dios, le creímos al Señor, y somos hijos de Dios porque hemos creído en el Hijo de Dios y en Su obra por nosotros. En el capítulo 5 de la carta de Pablo a los Romanos, dice al comenzar: "1Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo". Al creer en el Hijo de Dios hemos sido justificados, y ahora estamos en paz con Dios y con Su justicia, por la obra de nuestro Señor Jesucristo. Ya somos salvos eternamente; nadie nos va a despojar de esa salvación; Dios nos la ha concedido inmerecidamente. La persona que se va al infierno, lo hace por sus propios méritos, pero nosotros vamos al cielo sin tener méritos, sino por los méritos del Señor Jesucristo. De manera, hermanos, que ya estamos justificados, ahora somos hijos de Dios, pero al creer y ser santificados, ser cambiados de posición del mundo a la esfera del Señor, empieza en nosotros el proceso de una santificación subjetiva; y al terminar ese capítulo, hablando de la ley, dice que la ley no nos pudo salvar debido a que nadie la pudo cumplir, en el verso 20 dice que la ley se introdujo para que el pecado abundase, y dice Gálatas que la ley nos sirvió de ayo para guiarnos a Cristo, porque la ley hace manifiesto que somos pecadores, y dice en Romanos 5: "20... mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; 21para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro". Eso lo leo por causa del primer versículo del capítulo 6, que es donde vamos a concentrarnos en este momento, cuando dice: "1¿Qué, pues, diremos?" Esa es una pregunta que se hace Pablo, pues a él ya lo estaban criticando y a la doctrina que predicaba en torno a que a la abundancia del pecado, sobreabunda la gracia. Sus detractores lo tomaban en el sentido de que era bueno pecar para que abundase la gracia. Entonces el apóstol Pablo, ante aquello se pregunta: "¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?"

Ni legalismo ni antinomianismo

En la religión organizada hay mucho legalismo; muchas instituciones religiosas en las toldas del cristianismo abundan en preceptos; esos haga y no haga; vístase así. Eso no está dentro de la voluntad de Dios para Sus hijos; Dios no quiere que a nosotros nos llenen de preceptos, como dice allá en Colosenses: No comas, no manejes, haz esto, no hagas aquello, pues nadie es santificado por ese medio. Pero hay en el otro extremo otra línea religiosa opuesta al cumplimiento de la ley moral, escuela que se conoce como antinomianismo. Ambos extremos son perniciosos, tanto el legalismo como el antinomianismo. Nosotros no podemos descartar a la ley de Dios. Algunos tienen la suposición de que la dispensación del evangelio libera al hombre de cualquier obligación de guardar la ley de Dios; pero no, no nos libera. Nosotros la guardamos, hermanos, porque hay alguien en nosotros que la guarda con su poder. Es la presencia del Señor en nosotros; de manera que nosotros no podemos desechar la ley, pues la ley es justa y santa. Lo que ocurre es que la carne no la puede cumplir; por eso ha venido Cristo. Cristo, el Hijo de Dios, encarnó; el Señor vivió como hombre, el Señor se bautizó, el Señor ejerció Su ministerio, el Señor fue a la cruz, el Señor derramó Su sangre y entregó Su vida para liberarnos a nosotros, el Señor nos ha hecho libres, pero al hacernos libres, nosotros no hemos quedado gozando de una libertad para pecar. No tenemos la libertad de pecar.

Dice la Palabra de Dios que antes éramos esclavos del pecado y de Satanás. La palabra en griego para esclavo es doulos, que a veces es traducida siervo. Entonces éramos esclavos del pecado, pero detrás del pecado está Satanás; pero ahora somos siervos de la justicia, y detrás de la justicia está Cristo. De manera que nadie puede decir: soy completamente libre. Somos esclavos, somos siervos del Señor. Como dice Romanos 12:1, nosotros ahora debemos presentarnos al Señor, con todo nuestro cuerpo, en sacrificio vivo. "Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional". En la historia del cristianismo hubo una época en que muchos creyentes practicaron un misticismo mal infundado, y muchos sometían a su cuerpo a absurdos suplicios hasta sangrientos, como auto flagelarse, acostarse sobre lechos de piedras y otras absurdas prácticas, todo esto como para someter al cuerpo, pero la Palabra de Dios no dice eso.

Somos muertos al pecado

Vamos a ver unos conceptos bíblicos acerca de cuál es el verdadero sometimiento. Al comenzar el capítulo 6 de Romanos dice: "1¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? (Observen la respuesta del apóstol; dice:) 2En ninguna manera". Nosotros no podemos perseverar en el pecado; esas son líneas perversas de doctrinas de un falso cristianismo que han llevado a muchos creyentes a eso. "Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?" Entonces, ¿cómo es morir al pecado? El versículo 3 ya nos proporciona unas claras luces. Dice: "3¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?" El bautismo en agua no es un mero rito, hermanos, como también no es un mero rito la santa cena. Alguien puede opinar que los dos ritos que el Señor instituyó son el bautismo y la santa cena. Pero no les llamemos ritos, pues tanto el bautismo bíblico como la santa cena son más que meros ritos. Tengamos en cuenta que el mismo Señor se hizo bautizar, de manera que él no se propuso cumplir un mero rito. Son ordenanzas del Señor que encierran verdades espirituales que trascienden el mero y superficial ritualismo.

De pronto ustedes han visto en ciertas edificaciones donde hacen reuniones cristianas, que han construido bautisterios, y la mayoría tienen una escalera de entrada al agua y otra de salida. Eso lo han hecho así para significar que el candidato al bautismo, al bajar a las aguas, a medida que va entrando al bautisterio, se va sumergiendo en la muerte de Cristo; al entrar en la muerte de Cristo, va participando en ella. Cuando finalmente es hundido completamente debajo de las aguas, es como si participara de la sepultura de Cristo. Cuando ya sale del agua, eso es salir de la tumba para participar de la resurrección del Señor; de manera que de una esfera de muerte, de una esfera del viejo hombre, empieza a participar de la muerte libertadora; porque Cristo en la cruz mató a la muerte. De manera que cuando uno se sumerge y empieza a participar de la muerte de Cristo, y es sepultado y sale, esa salida es a una esfera diferente, a la esfera de la resurrección, a una nueva vida; a una vida de resurrección. Entonces en nosotros ya ocurrió ese proceso; objetivamente en la historia sucedió eso con nosotros, y ahora tenemos que vivir subjetivamente en la esfera de la resurrección de Cristo para poder experimentar una vida victoriosa.

El hombre viejo es el agente del pecado

No podemos tomar el bautismo como algo ligero. Cuando nosotros pasamos ese proceso, sí, también significa que nosotros nos identificamos con Cristo, con el Hijo de Dios, con Su obra, con Su muerte, con Su resurrección, con Su glorificación; y eso empezó a ocurrir desde el momento en que nosotros creímos en el Señor; pero debemos vivirlo; debemos vivir una muerte al pecado, porque somos libres, libertados del pecado. Supongamos que tenemos delante de nosotros un tablero grande. Arriba vemos al pecado; no los pecados, sino el pecado, esa fuerza maligna que mora en el cuerpo heredada de Adán. El pecado es una fuerza perversa, es una ley que injertó el demonio el día que el hombre cayó. Esa ley quedó allí en el cuerpo del hombre, y es heredable; ahí está el pecado, una fuerza esclavizante. Miramos también en el tablero Al cuerpo debajo del pecado; pero el cuerpo está esclavizado. Pero el pecado no obra esclavizando al cuerpo y llevándolo a cometer pecados, actos pecaminosos, si no hay un agente facilitador en el medio, un agente que se llama el hombre viejo. Entonces tenemos tres elementos: el pecado, el cuerpo, pero en el medio está el agente, que se llama el hombre viejo.

Volvemos a Romanos 6: "4Porque somos sepultados (ya lo empezamos a ilustrar con el bautismo en agua) juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva". El bautismo tiene la connotación externa del agua, pero también tiene la espiritual, la histórica. Hay una muerte; debe haber una muerte del hombre viejo. Debe haber una muerte de nuestras ilusiones, debe haber una muerte de nuestros sueños, debe haber una muerte de nuestros propios programas, buenos y malos; debe haber una muerte de nuestra propia historia. Debemos vivir la historia de Jesucristo, hacerla nuestra desde el momento en que nosotros nos bautizamos. Ya nosotros no podemos darnos el lujo de seguir usando frases como "yo soy así"; nosotros tenemos que cambiar ese modo de pensar. Hay personas que incluso en la carne hacen lo bueno. Hay personas que siempre han sido honradas, que siempre han sido amables, que siempre han sido de buenas costumbres, pero si lo hacen sin Cristo, esos aspectos y vivencias no tienen ningún valor delante de Dios.

El ejemplo de los corintios

A veces pensamos en los hermanos corintios. Los corintios eran santos. El apóstol Pablo dice: "a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús" (1 Co. 1:2), "a todos los santos que están en toda Acaya" (2 Co. 1:1), y también les dice algunas cosas que ellos tenían que eran buenas. ¿Será que todo lo que hacían los corintios era malo? No, hermanos; muchas cosas tenían que eran buenas; pero miren cómo les dice Pablo en el capítulo 3 de la primera carta: "1De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo." No pude, pues ustedes aún viven en sus propios pensamientos y egoísmos; y ellos tenían mucho conocimiento en el intelecto. Les dice Pablo en el capítulo 1: "5porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él, en toda palabra y en toda ciencia; 6así como el testimonio acerca de Cristo ha sido confirmado en vosotros, 7de tal manera que nada os falta en ningún don". Todo ese conocimiento lo tenían en la mente, y tenían todos los dones, hablaban en lengua, profetizaban y demás, pero a pesar de eso eran carnales, espiritualmente eran niños. Y les dice: "2Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía". A los niños se les alimenta con leche. Como si les dijera: Ustedes llevan muchos años caminando con Cristo y todavía ignoran lo que eso significa, porque aún ustedes son carnales "3porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?" Celos, contiendas y disensiones. A veces hay hermanos que pueden haber recibido más dones espirituales, o cuando hay hermanos que tienen más capacidad para hablar, para enseñar o ejecutar asuntos en la iglesia, etc., puede que surja algún hermano que, en vez de alegrarse, se llene de celos. Eso les ocurría a ellos. A pesar de que tenían todo eso, sin embargo eran carnales; hacían muchas cosas buenas, pero no según Cristo, no con Cristo; y todo lo que se haga sin Cristo sea bueno o sea malo, no le sirve a Dios, ni a nosotros nos sirve.

La carne no se entiende con Dios. Ahí lo dice el capítulo 8 de Romanos: "5Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. 6Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz". Ocuparse de la carne, aunque haga cosas buenas, es muerte. Pero si uno se ocupa del espíritu, aunque sufra e incluso muera, es vida.

Injertados en la muerte de Cristo

Entonces, volviendo a Romanos 6, dice: "4Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva". Eso es vivir en otra esfera, en otra posición, en otro estadio espiritual. "5Porque si fuimos plantados (aquí Reina-Valera traduce plantados, pero hay una palabra que me gusta más, y hay versiones que la usan, que es injertados) juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; 6sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. 7Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado".

Un injerto consiste en tomar un brotecito de una planta y se introduce en una incisión en forma de T en la corteza del tallo de otra planta; se cierra convenientemente y se sella con cintas especiales que se puedan podrir a los días; ese brote empieza a recibir la sabia de la planta que lo recibe. Ese brote empieza a vivir por el alimento de la planta donde fue injertado. Así fuimos nosotros injertados juntamente con Cristo en la semejanza de Su muerte. Entonces nosotros empezamos a recibir lo que Cristo logró con Su muerte en la cruz; y eso lo logramos porque fuimos injertados; y así como fuimos injertados en la semejanza de Su muerte, exactamente igual lo seremos en la semejanza de Su resurrección.

Demos por hecho, hermanos, es histórico y objetivo, Dios nos lo dice y asegura y hay que creerlo y vivirlo, que ya fuimos injertados en la semejanza de la muerte de Cristo; de manera que cuando hay muerte del esclavo, el amo ya no tiene potestad sobre él. ¿Por qué? Porque el agente que facilita esa esclavitud empieza a ser anulado, el viejo hombre empieza a perder fuerza. Ese viejo hombre es el agente que le proporciona los medios al pecado a fin de lograr que el cuerpo peque, para que el pecado ejerza eficazmente la esclavitud sobre el cuerpo. Pero si el viejo hombre empieza a experimentar su propia crucifixión en Cristo, entonces quiere decir que en cuanto es anulado, empieza a surgir un nuevo elemento que la Palabra de Dios llama "el nuevo hombre", y ese nuevo hombre no es otro que Cristo en nosotros. No hay nuevo hombre fuera de Cristo en nosotros. Ese es el nuevo hombre.

El viejo hombre ya fue crucificado

El viejo hombre se relaciona con nuestro yo. En la medida en que nuestro yo vaya siendo anulado, negado, abatido, Cristo, el nuevo hombre en nosotros, se va desarrollando y tomando posición en nuestro ser; y por eso el pecado empieza a no seguir recibiendo el apoyo, a no recibir los medios, las herramientas para seguir esclavizando nuestro cuerpo, obligándolo a seguir pecando, pues el hombre viejo es el elemento esencial para que eso ocurra. Volvamos a leer el versículo 5. "5Porque si fuimos injertados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; 6sabiendo esto (eso lo sabemos; Dios nos lo está diciendo), que nuestro viejo hombre (el que heredamos de Adán, el que nació con nosotros de nuestros padres biológicos, el que contribuía a que viviéramos dándole gusto a la carne) fue crucificado juntamente con él (con Cristo), para que el cuerpo del pecado sea destruido (no digamos destruido, sino desactivado, anulado; destruido no, porque acabamos de leer en el capítulo 12 que "presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo", entonces no es destruido; esa traducción no es correcta; el cuerpo es anulado, desactivado), a fin de que no sirvamos más al pecado (como esclavos del pecado; aquí la palabra está en singular, pecado, no pecados). 7Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado".

El viejo hombre ya resucitó como nuevo. Miremos lo que dice el apóstol Pablo dice en Gálatas 2:20, hablando de un cristiano normal: "Con Cristo estoy juntamente crucificado (mi crucifixión es un hecho consumado, pero hay que creerlo), y ya no vivo yo (ya no es mi "yo", mi hombre viejo, el que vive), mas vive Cristo en mí (en la vida de resurrección hay un intercambio, pues ahora Cristo, la nueva criatura, vive en mi yo resucitado); y lo que ahora vivo en la carne (en mi actual vida mortal), lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí". En la misma medida en que yo experimente mi muerte al pecado, asimismo estoy vivo para Dios.

Ahora, miremos lo que sigue: "8Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él". Todo el proceso lo vivimos con Él en la historia. Nosotros ya lo hemos comentado en otras ocasiones; ya lo sabemos. Ahora ya no vivimos una religión; nosotros ya pasamos por esa época. Todos los que estamos aquí, algunas vez militamos en las doctrinas y prácticas de alguna religión, cristiana o no cristiana; o de ́pronto algunos fueron ateos confesos, o agnósticos indiferentes; pero en alguna forma el ateísmo también ostenta sus tintes religiosos; de pronto algunos fueron musulmanes; tampoco debemos sorprendernos si hubo alguien que coqueteaba con el budismo o con las ideas religiosas orientales filtradas a través del gnosticismo y la nueva era. Bueno, cada quien tuvo su propia religión; pero ya no la tenemos; ahora, después de haber experimentado un encuentro personal con Cristo, tenemos una vida compartida mutuamente con Cristo, pues estamos unidos al Señor, ligados eterna y orgánicamente a Él en un solo cuerpo.

Él es la cabeza de un cuerpo vivo del cual todos nosotros somos miembros vivos y activos; de manera que ya no hacemos parte de organización religiosa alguna, sino de un cuerpo también vivo y activo, de un cuerpo que necesita manifestarse aun dentro de esos sistemas religiosos y también en el mundo. Tomemos conciencia de eso. El Señor quiere que tomemos clara conciencia de que hacemos parte de Su cuerpo vivo, y de que es necesario anular o desactivar ese cuerpo de pecado por medio de la negación del yo, de la crucifixión de un hombre viejo, viciado, para que pueda vivir y actuar un hombre nuevo en nosotros.

l es la cabeza de un cuerpo vivo del cual todos nosotros somos miembros vivos y activos; de manera que ya no hacemos parte de organización religiosa alguna, sino de un cuerpo también vivo y activo, de un cuerpo que necesita manifestarse aun dentro de esos sistemas religiosos y también en el mundo. Tomemos conciencia de eso. El Señor quiere que tomemos clara conciencia de que hacemos parte de Su cuerpo vivo, y de que es necesario anular o desactivar ese cuerpo de pecado por medio de la negación del yo, de la crucifixión de un hombre viejo, viciado, para que pueda vivir y actuar un hombre nuevo en nosotros.

Despojémonos del viejo hombre

Dice Pablo en Efesios 4:20-22: "20Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo, 21si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. 22En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos". Todos nosotros tuvimos en el pasado una manera de vivir que aún en este tiempo se ha venido prolongando. Incluso en la vida de los hombres, hay personas que prolongan su niñez; no maduran, y llegan a los veinte años de edad y siguen siendo muy consentidos, y siguen necesitando que alguien los arrulle. También nosotros, como cristianos, muchas veces prolongamos nuestra pasada manera de vivir, y queremos mezclar nuestro actual andar con Cristo en la Iglesia con esa vieja manera de vivir con sus costumbres ancestrales, y eso nos perjudica y le causa daño al cuerpo y a la Iglesia. "22En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos (es una orden del Señor) del viejo hombre (hay que despojarlo, desvestirnos de él; ese viejo hombre hay que desentrañarlo, hay que localizarlo y enfrentarlo por el Espíritu. El Espíritu nos va diciendo: Mira, se está manifestando tu viejo hombre), que está viciado conforme a los deseos engañosos"; aunque parezcan deseos muy loables, aunque parezcan deseos muy legítimos. Hermanos, en nosotros hay cosas legítimas, que nosotros pensamos que tenemos derecho a ellas, pero que no nos convienen. Vivamos y revistámonos del nuevo hombre, como lo dice Colosenses 3:9: "No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos".

Sigue declarando Efesios 4: "23Y renovaos (debe haber una renovación, como lo dice en Romanos 12:2, donde habla de la renovación de nuestra mente) en el espíritu de vuestra mente, 24y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad". En el hombre todo comienza en la mente; y el nuevo hombre piensa muy diferente al viejo. El cambio de modo de pensar se traduce de la palabra griega metanoia [μετάνοια], pensamiento posterior (meta, después, implicando cambio; nous, mente, el asiento de la reflexión moral), cambio de parecer; y de ahí que también se traduzca arrepentimiento. Pero ese cambio de mente no se da espontáneo, sino a través de un poderoso agente; se necesita una renovación hecha por el Espíritu que mora en el creyente. Hay personas que son guiadas siempre por la mente; de pronto tienen un intelecto brillante y poseen mucho conocimiento; hay personas que conocen tanto de tantas cosas, que se resisten a dejarse enseñar, púes están muy satisfechas y jactanciosas de tanta sabiduría del mundo; su intelectualidad es el aspecto dominante de su alma. Esas personas son guiadas a menudo por un intelecto fuerte, que a lo mejor les alimenta su ególatra altivez, aunque puede que no se lo propongan. Eso reside e impera en la pasada manera de vivir.

Por otro lado, hay personas que son muy voluntariosas, que siempre quieren hacer las cosas a su manera, porque piensan que es la mejor forma de hacerlas. Pueden decir: Tengo experiencias en mi vida pasada; cuántos años lo he hecho, y nadie me puede dar un consejo a mí sobre este asunto; no lo puedo admitir; sería para mí una ofensa. ¿Por qué eso? Porque tienen una voluntad muy fuerte; no saben lo que es dejarse guiar por otras personas, y menos por el Espíritu del Señor. Entonces hay algunos con una mente dominante; otros en la voluntad; pero hay otros que son extremadamente emotivos. Las emociones son el aspecto dominante de su alma. Por ejemplo, hay personas que se dejan dominar por su tristeza, o se dejan guiar mucho por su excesiva extroversión, o los domina su amargura, o su ansiedad; otros son esclavos de su cólera e intolerancia, etc. Son gajes, son resabios de la vieja manera de vivir.

Revestirnos del nuevo hombre

¿Quién nos hace a nosotros vivir la muerte y la resurrección con Cristo? El Espíritu de Cristo que mora en nosotros. Si no opera el Espíritu, si no somos guiados por el Espíritu, si no nos dejamos guiar por el Espíritu, no podemos experimentar esa muerte y vivir esa vida de resurrección que nosotros tanto necesitamos. Es la vida del Señor operando en nosotros. Nos dice el Señor en Su Palabra: "Vestíos del nuevo hombre"; y el nuevo hombre, hermanos, obra en nosotros por la fortaleza espiritual; como dice la oración del apóstol Pablo en Efesios 3, rogando al Padre que fortalezca el hombre interior de los hermanos efesios; ¿dónde? en las profundidades de nuestro ser, donde mora Dios, donde mora el Espíritu de Dios. Pablo pide que fortalecida la vida de Cristo en ellos, para que pueda Cristo vivir confiadamente dentro de ellos y tomar posesión de todas las partes de su ser, y hacer su morada permanente en ellos. Para ello se necesita renovar el pensamiento, la voluntad y los sentimientos del creyente, para que no se contrapongan a la voluntad de Dios. Dios quiere hacer en nosotros un trabajo completo de transformación a fin de que seamos verdaderamente revestidos del hombre nuevo, y se manifieste a través de nosotros; es necesario que ese hombre nuevo nos libere de las nostalgias de la vida pasada. A nosotros muchas veces nos hace mucho daño vivir alimentándonos de las nostalgias de la vida pasada, de los negocios perdidos, de los amores que no cuajaron.

La Palabra de Dios nos abre los ojos en cuanto a la pasada manera de vivir, y nosotros aún queremos aferrarnos a ella, y alimentamos la idea de que así somos y así debemos seguir siendo. No. El Señor tiene una típica manera de ser y de vivir y de mirar y de caminar y de amar, y Él quiere que nosotros lo hagamos como Él. Despojémonos, pues, del viejo hombre, de esa antigua manera de vivir. En esa pasada manera de vivir también hay cosas buenas, y las añoramos; pero el Señor quiere que hoy todo lo vivamos nuevo, pues con Él todo lo vivimos y experimentamos miles de veces mejor, más extraordinarias. Con Cristo somos más felices. Enamorémonos del Señor Jesús. Dejémonos ya de todo lo que no nos sirve para nosotros andar con Cristo.

Morir para vivir

Volvemos a Romanos 6: "8Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él". Eso es un hecho histórico, objetivo en la vida nuestra; hagámoslo ahora subjetivo; Cristo quiere hacerse sentir y crecer íntimamente en nosotros, como crece el feto en el vientre de la madre que le espera. Se espera que ese bebé se desarrolle y nazca sano; así también quiere Cristo desarrollarse y manifestarse en nosotros, desde el fondo de nuestras entrañas. Desde lo más profundo de nuestro ser Cristo quiere manifestarse.

Dice: "9Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere (Cristo ya no muere, pues Él mató a la muerte para siempre; y nosotros no debemos temerle a la muerte. Que Dios nos ayude); la muerte no se enseñorea más de él (eso significa que tampoco se enseñorea más de nosotros). 10Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive". Él no pecó; Él llevó nuestros pecados a la cruz; Él llegó a la cruz con esa carga inmensa; allí estaba solo llevando esa carga, pero cuando llegó el momento de su muerte y dijo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc. 23:46), en ese momento esa carga cayó de sus hombros; y no solamente de los de Él, sino también de los hombros de todos los que hemos creído; nosotros ya no llevamos esa carga; quien en este momento lleva alguna carga de pecado es porque no le ha creído a Dios y no quiere vivir lo que Dios nos está diciendo. La Palabra de Dios nos dice que confesemos y nos arrepintamos en caso de que en estos días ofendamos a Dios. "Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo" (1 Jn. 2:1). Confesémosle a Él nuestros pecados, y por la sangre de Cristo derramada en la cruz, inmediatamente somos limpios de ese pecado, y empieza a haber más luz en nosotros. Cuando nosotros vivimos disgustados con los hermanos, hay perturbaciones en nuestra comunión con los santos, es porque no hay suficiente luz en nosotros. Cuanta más luz hay en nosotros, tenemos más amor por los hermanos, más amor experimentamos por el Señor, más amor nos impulsa por la obra de Cristo y más amor emerge de nosotros por el cuerpo de Cristo. Es el amor del Señor que experimentamos cuando en nosotros hay más luz del cielo. Cuando conocemos más a Cristo, cuando conocemos más lo que es Dios, más amor hay en nosotros; mucho más amor atesora nuestro corazón. A veces nos debe dar pena, vergüenza con el Señor por tantas cosas un poco oscuras que ocurren entre nosotros. Que el Señor nos perdone.

El Señor se santificó por nosotros

"10Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive". Dice la Palabra de Cristo, que en Su vida terrenal Él mismo se santificó por causa de nosotros. ¿Qué significa que el Señor se santificó? ¿Acaso no era santo desde toda la eternidad? Sí, Él es santo desde toda la eternidad, y lo seguirá siendo; pero el Señor Jesús quiso santificarse absteniéndose de cosas y procederes de las que tenía legítimo derecho como hombre que empezó a ser a partir de la encarnación, pero que jamás las reclamó para sí. Jesús tenía derechos como hombre. Derechos que hoy reclamamos, Él los tuvo. Él tuvo los mismos derechos que nosotros hoy queremos usufructuar; y resulta que si los hubiera recibido y cumplido y vivido, no hubiera pecado; pero el Padre no envió al Hijo a vivir ciertas cosas por muy legítimas que sean. Por ejemplo, el Señor Jesús, como hombre pudo haber deseado casarse y formar un hogar con su esposa e hijos y todo. Eso no es pecado. Él pudo haber tenido su casa, su familia, y haberle dicho al Padre: Padre, bueno, yo vine a redimir a los hombre, pero yo como hombre también tengo mis derechos. Entonces el Padre tal vez le hubiera dicho: Eso está bien, mi amado Hijo, pero ¿qué de la cruz? Y él le hubiera contestado: Sí Padre; primeramente está la cruz que Tú me entregaste antes que mi felicidad como hombre. Antes que reclamar mis derechos, yo me santifico, yo me abstengo ciertas cosas. En cuanto a nosotros, sí, nosotros gozamos de muchos de esos derechos; lo que sucede es que muchas veces se nos quiere pasar la mano, y queremos usufructuar más derechos de los que el Señor nos quiere, por Su misericordia, otorgar y conceder. Y Cuando se nos pasa la mano es cuando se nos sobrevienen muchos problemas.

¿Por qué estamos diciendo esto? Porque dice que Cristo "en cuanto vive, para Dios vive". El Señor mismo lo declara, diciendo: "Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió". Hermanos, ¿esto cuándo lo vamos a decir nosotros? Señor, quiero vivir para ti. Padre, quiero hacer sólo tu voluntad. ¿Pero tú no quieres vivir tu vida como tú lo habías soñado? No, pues, ayúdame a que los sueños que yo he traído en la vida se enfilen hacia tu gloria y hacia tu testimonio. Si aún tengo sueños que no encajan con tu voluntad para conmigo, sueños que no te glorifican, entonces ayúdame, Señor, a que esos sueños se esfumen de mi vida. Y con eso no estoy diciendo que nos convirtamos en unos ascetas, no. Vivamos una vida normal, pero para Dios, y que se ajuste a la voluntad de Dios. Todo lo que atañe a Cristo, también es con nosotros. Si Él muere, nosotros morimos,; si Él vive, nosotros vivimos; si Él sufre, nosotros sufrimos; si Él se goza, nosotros nos gozamos; si Él se santifica, nosotros nos debemos santificar; si Él se abstiene de gozar de derechos, nosotros también. Miremos cómo lo declara la Palabra a continuación: "En cuanto vive, para Dios vive. 11Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro". Considerémonos muertos al pecado; ya no somos esclavos del pecado, sino que somos esclavos del Señor. Suena como raro, ¿verdad? Pero somos esclavos del Señor. Por tanto cumplamos nuestro rol de esclavos.

Instrumentos de justicia

"12No reine, pues, (no reine sobre nosotros. No nos subyugue el pecado. Recuerden, ¿quién está detrás del pecado? Satanás) el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; 13ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia". Como armas de justicia; ya tenemos un nuevo Señor. Antes el señor era el pecado, y detrás del pecado, el diablo; ahora tenemos un nuevo Señor; de manera que ahora nosotros somos armamentos en Sus manos, para que Él haga sentir Su señorío. Todos sabemos que cuando alguien tiene poder, cuando alguien adquiere algún poder, se suele rodear de personal especializado que lo defienda, a menudo gente armada, a fin de hacer sentir su poder y su gobierno y su soberanía; y en cuanto más poder ostente, de más ejército se rodea. Así también el Señor ahora tiene un poder, y nosotros le presentamos a Él nuestros cuerpos como armas, para que el Señor haga sentir Su poder, Su soberanía, Su reino.

Entonces dice: "13Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. 14Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros (cuando Cristo murió fuimos liberados del pecado; ahora estamos siendo liberados de nosotros mismos, de nuestra vanidad, de nuestro hombre viejo); pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia". Por un lado está el legalismo, por el otro está el antinomianismo, pero en el centro está la gracia; nosotros vivimos ahora en la gracia. La dispensación del evangelio es la dispensación de la gracia. No somos merecedores, pero el Señor en Su infinita misericordia así lo ha querido. Entonces somos siervos de la justicia.

Somos libres, no libertinos

"15¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera. 16¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? 17Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado (éramos esclavos del pecado, ya no lo somos), habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; 18y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia". Nosotros no militamos en la corriente de la secta llamada "creciendo en gracia", ni de ninguna otra; nosotros estamos en Cristo, en la manifestación de la vida del Señor. Nosotros no somos ahora libertinos: Somos libres de los legalismo y del antinomianismo, pero para servirle al Señor.

Sigue diciendo Pablo en Romanos 6: "19Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia. 20Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia". Detrás de la justicia está Cristo. Hermanos, no somos esclavos del pecado. Eso no significa que ya no pecamos; sí, pecamos, pero el pecado no nos tiene subyugados en cadenas. Antes éramos esclavos del pecado. Antes, por muchas y reiteradas promesas que hiciéramos, no podíamos dejar de pecar. Si éramos presa de alguna debilidad, el día que nos prometíamos no hacerlo, ese mismo día lo hacíamos con mayor intensidad; pero ahora las cosas han cambiado; ahora somos libres de esa esclavitud.

El fruto es la santificación

"21¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte". ¿Cuál es la cosecha? ¿Qué podemos recolectar en este tiempo de todo aquello que hicimos cuando éramos esclavos? Pecado y maldad, llanto y dolor es lo que se puede recoger de todo lo que hicimos en nuestra vida pasada. Porque el fin de ellas es muerte. Ese es su objetivo y su cosecha. "22Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios (nadie es libre completamente; somo libertados del pecado, pero somos hechos siervos de Dios), tenéis por vuestro fruto (ya que la cosecha de todo lo pasado es muerte, ahora el fruto ¿es qué?) la santificación (ese es el fruto), y como fin, la vida eterna. 23Porque la paga (el salario) del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro". La palabra sueldo, viene de soldado, y las dos vienen del término sal, pues hubo un tiempo en que el salario del soldado se lo pagaban con sal; con una especie, y una especie que era muy costosa era la sal. Quien tenía sal lo tenía todo, pues en ese tiempo ¿quién no compraba con sal? La sal era como dinero en efectivo. De manera que salario, viene de sal; y sueldo, porque es la paga del soldado. Por eso dice que "23Porque la paga (es decir, el salario) del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro".

La dádiva, el carisma, es un regalo de Dios; el carisma de Dios es vida eterna. Nosotros no merecemos la vida eterna. Es un regalo de Dios en Cristo, Señor nuestro. Cristo es el Señor nuestro, y nosotros somos Sus siervos.

Hermanos, que el Señor nos ayude.

| Referencias (0)


 

El Reino de Cristo en la perspectiva profética

Enlace permanente 24 de Abril, 2007, 5:22

EL REINO MESIÁNICO

EN LA PERSPECTIVA PROFÉTICA

"Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenusará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre". Daniel 2:44.

El hombre recibe el señorío y lo pierde

Después que el Señor terminó toda la obra de la creación, dice la Biblia que Dios creó al hombre. Dios necesitaba de alguien que representara Su autoridad en Su creación. Después que Dios creó al hombre a Su imagen, varón y hembra, dotados con suficiente poder y autoridad, les dijo (Gé. 1:28): Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, sojuzgadla, y señoread (es la palabra clave) en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra". Esas eran las tres áreas sobre las cuales el hombre tenía dominio. Dios le dio señorío al hombre sobre los aires, en las aguas y en la tierra. Dios quería establecer su reino en el universo comenzando por esta tierra, pero con la representación del hombre, una criatura inteligente de su entera confianza.

Pero el hombre le falla a Dios. Viene el drama del hombre y la serpiente antigua, y el hombre le entrega este señorío a Satanás, el mismo señorío que había recibido de Dios. Satanás incita al hombre a independizarse de Dios; le asegura que si come del fruto prohibido serían abiertos sus ojos y sería como Dios, sabiendo el bien y el mal. El hombre cae voluntariamente en la trampa, y es despojado de ese señorío. Queda, pues, siendo Satanás el príncipe de este mundo, como lo dice Pablo en Efesios 2 y en 2 Corintios 4:4, que dice que el diablo es el dios de este mundo, de este siglo. ¿Por qué? Porque recibe el señorío de manos de quien había recibido el señorío de parte de Dios, es decir, del hombre. De manera que el hombre queda siendo esclavo del mismo Satanás. El apóstol Pablo lo describe así: "1Y él (Cristo) os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás" (Ef. 2:1-3). De manera que el hombre se convirtió realmente en esclavo del diablo.

Pero cuando el pecado de Adán es descubierto, hay un juicio de parte de Dios, y viene la maldición de la serpiente, la maldición de Eva y la maldición de Adán y la expulsión del hombre del huerto hasta el día que pudiera comer del árbol de la vida. Pero en medio de todo esto se destaca la promesa de un poderoso Salvador y la lucha y rivalidad históricas entre las dos simientes hasta que el dragón fuese juzgado y vencido en la cruz de Cristo. Dios le dice a la serpiente: "Y pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Gé. 3:15).

Israel en el Reino

Entonces ese propósito de Dios de establecer su reino en la creación, tuvo aquí en realidad un estorbo, pero con esto no se canceló, pues el Señor ya tenía un plan, y empezó a moverse de tal manera de restaurar las cosas para que su reino se estableciese plenamente en un hombre en quien Él pudiera confiar; no en el hombre caído. El hombre caído quedó descalificado en su esclavitud. Primeramente, cuando ya las cosas se dieron, hubo una línea, una raza en la historia, que se acordaba de Dios, que le temía a Dios, por la descendencia de Set, pues la descendencia de Caín se olvidó de Dios; y de esa descendencia, con el tiempo Dios escogió a un varón llamado Abraham, hijo de Taré de la descendencia de Sem, para ir formando las cosas, para ir estableciendo los principios a fin de darle comienzo y desarrollo a los planes de Dios encaminados a establecer su reino sobre la tierra; y a partir del capítulo 12 de Génesis, Él lo llama de las tierras caldeas, y lo establece en la tierra escogida por Dios, llamada en ese tiempo Canaán, y le da descendencia. Nace Isaac, e Isaac engendra a Jacob, quien le daría el nombre a la nación, Israel, y quien a su vez engendra los doce padres de las tribus de Israel, y su descendencia se multiplica, y por circunstancias que conocemos se van a la tierra de Egipto y con el tiempo llegan a ser millones los hebreos, pero esclavizados, y después de cuatrocientos treinta años, de ese pueblo elige a un varón, a Moisés, para liberarlos, sacarlos y llevarlos por el desierto para prepararlos y revelárseles a fin de entregarles una tierra donde Él empezaría a establecer un modelo, un principio, un arquetipo realmente del reino de Dios sobre la tierra. Al final el reino abarcará toda la tierra, pero Dios empezaría por Israel, además de que de esa raza nacería la simiente de la mujer, el Rey mesiánico.

Y fue así como después de 40 años de deambular por el desierto, para suceder a Moisés, elige a un varón de la tribu de Efraín llamado Josué, y con él en el liderazgo del pueblo establecer una teocracia. Ya se los había dicho en Éxodo 19:6: "Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa". Dios quería que todo el pueblo fuese un pueblo sacerdotal, y un reino a la vez; es decir, Él quería hacer de Israel una teocracia, donde el verdadero Rey fuese Dios mismo. Pero a ellos se les dio por pedir un rey humano, como las demás naciones del mundo. Entonces Dios se los concedió en lo que llama la voluntad permisiva de Dios. Ese rey, Esaú, de la tribu de Benjamín, falló, y entonces Dios escogió a un rey conforme al corazón de Dios y estableció, de cierta manera, la teocracia, pues aunque reinaba David, de la tribu de Judá, él hacía la voluntad de Dios, representaba la autoridad de Dios, representaba la realeza del Señor. De todas maneras reinaron David, sus hijos y nietos, pero hacían la voluntad de Dios. Ese era el deseo de Dios para un reino diferente sobre la tierra. Una única nación donde realmente allí reinara Dios. Pero no fue así siempre; y dice la Palabra que al fin ellos fallaron. Y después de la muerte de Salomón el reino se dividió. Diez tribus en el norte tuvieron su propio rey, a Jeroboam iniciando la lista; y las dos tribus restantes, las de Judá y Benjamín continuaron con Roboam, hijo de Salomón, el rey de la línea de David. Lastimosamente ambos reinos le fallaron a Dios. Los reyes del reino del norte todos fallaron; se involucraron desde el principio en la idolatría para evitar que el pueblo fuese a adorar a Jerusalén y se quedara allá; y los reyes de Judá, la mayoría se apartó de los principios de Dios para gobernar su nación. Entonces el Señor tuvo que tomar medidas correctivas y permitió que sendas naciones impías y poderosas los acosaran, los sitiaran y se los llevara cautivos a tierras extranjeras. Como ellos empezaron a fallarle a Dios, descuidando los principios y leyes del reino, entonces tuvieron que ser llevados, cada reino por separado, cautivos a sendas naciones extranjeras para que vivieran en carne propia la realidad de lo diferente que es el reino de Dios y los reinos del mundo.

Los dos cautiverios

Sí, hubo un tiempo en que había una nación que representaba el reino de Dios, y cuando esa nación le falló a Dios, ya no se podía decir que ahí reinaba Dios, pues muy pocos obedecían a Dios; sólo un pequeño remanente se acordaba de Dios. Y hasta en el extranjero se enteraron de esa triste realidad, ante la cual Dios determinó levantar sendas naciones poderosas, crueles y presurosas para castigar a los malhechores de Israel y de Judá. La primera gran falla fue dividir el reino y empezar a ser regidos por egoístas principios humanos alejados de la voluntad de Dios. Claro, sobrevino la idolatría. La idolatría socaba los cimientos de la teocracia, aun cuando ésta sea representativa; y mucho más en un reino dividido.

En consecuencia hubo dos cautiverios: Primero, el cautiverio de Israel (las diez tribus del norte) por Asiria en 722 a. C., a causa del castigo recibido por su iniquidad. Esas tribus jamás regresaron; es probable que algunos individuos de Israel hayan regresado con el remanente de judíos (de las tribus meridionales) después del cautiverio babilónico. En verdad descendientes de las tribus norteñas han estado regresando a Palestina pero en el presente retorno de los hebreos a su antigua patria a partir de finales del siglo XIX, y sobre todo con los eventos del Holocausto en Alemania por parte de los nazis en la segunda guerra mundial, y la creación del moderno Estado de Israel en 1948.

El segundo cautiverio recayó sobre el reino del sur, Judá, quien fue sitiado, derrotado y llevado en cautiverio a Babilonia en 605 a. C., al mando del rey Nabucodonosor, durante setenta años, conforme la profecía de Jeremías (cfr. Jeremías 27:19-20; 29:10); fueron sitiados, vencidos y llevados por causa de su idolatría. Cuando ese tiempo se cumplió, Dios preparó un pequeño remanente de los judíos para que regresaran, pues en su propia tierra debían de conformar el verdadero pueblo por medio del cual viniera el Salvador de los hombres, y verdadero rey que al final de los tiempos restableciera el trono de David, el reino de Dios sobre la tierra. El propósito de Dios con el retorno de ese remanente era que ellos se pusieran en las manos de Dios y comenzara un proceso para el restablecimiento del reino; tratando Dios de restablecer Su reino en Israel; pero ahora sería completamente distinto. Sería un rey en quien Dios podría confiar plenamente, y para ello sería necesario que naciera la simiente de la mujer, el Hijo de Dios encarnado, y muriera y resucitara, y ascendiera a la gloria, y enviara a su Espíritu, y se formara la Iglesia, y pasara el tiempo necesario para su glorioso retorno a la tierra a establecer su reino.

Grandes revelaciones en el libro de Daniel

Pero el caso es que a partir del cautiverio de Babilonia, Israel no volvió a ser libre hasta su destrucción total por los ejércitos del Imperio Romano, en el año 70 del primer siglo. Sucesivamente en la historia, Israel estuvo bajo el yugo de las grandes potencias que han dominado el mundo. Dios se lo reveló con lujo de detalles a un profeta exiliado en Babilonia, un hombre temeroso de Dios que había sido llevado con los primeros cautivos. La revelación está contenida en los capítulos 2 y 7 del libro de Daniel. Aun cuando ellos regresasen a su tierra, no serían del todo libres, pues Dios no tenía la intención de poner en el trono a hombre común alguno, sino a su propio Hijo. Veamos, pues, cómo Dios revela a este profeta el curso total de la historia hasta establecer Dios plenamente Su reino en esta tierra, conforme Su propósito original antes de la creación de Adán. Dios le dio toda la autoridad, autonomía y poder a Adán, pero como Adán le falló, Él se propuso establecer a alguien que no le falle jamás. El rey que vendrá ya tiene toda la potestad de parte de Dios (cfr. Mateo 28:18).

En los capítulos 2 y 7 del libro de Daniel hay una revelación bajo dos enfoques. Uno (capítulo 2) es hecho en parte a un rey pagano; digo en parte, porque Nabucodonosor no tuvo conocimiento del hecho hasta que el profeta de Dios se lo reveló. Tengamos en cuenta que al rey se le había olvidado el sueño, y el profeta lo desconocía; sólo lo supo después que Dios se lo reveló. De manera que la verdadera revelación de aquello se la hizo Dios al profeta. Y hay una segunda parte, un segundo punto de vista revelado directamente al profeta, que se encuentra en el capítulo 7. En el capítulo 2 la revelación comienza de acuerdo con el punto de vista del hombre. El hombre sólo ve la majestad que en torno de sí mismo se crea, la gloria que a sí mismo se da o le otorgan los demás; gloria efímera envuelta en vanagloria. Pero Dios ve la realidad intrínseca de las cosas; Dios ve lo bestial que es la gloria y el gobierno del del hombre. En el capítulo 2 vemos una imagen apoteósica; en el capítulo 7 Dios revela esos mismos imperios mundiales pero representados en una sucesión de bestias, como lo que realmente han sido.

El rey Nabucodonosor recibe la revelación en un sueño, pero el sueño se le olvida. Eso lo permite Dios a fin de que ningún mago especule y le haga creer al rey una interpretación mentirosa y acomodada. Este rey era un individuo muy centrado en sí mismo y en su gloria terrena; él pensaba en la grandeza de Babilonia, en esos palacios y jardines colgantes, en su poderoso ejército, etc. Él estaba preocupado por lo que sería de todo eso, cuántos años estaría gobernando, quién vendría después de él, y cómo acontecerían todas esas cosas. Él ostentaba la corona de un imperio muy brillante. Me imagino que vivía pensando en aquello día y noche. Es posible que al profeta Daniel también le inquietaría el futuro de su pueblo. Entonces Dios le dio un sueño al rey revelándole el futuro, pero también al profeta. Después de haber sido llamados y consultados todos los caldeos, astrólogos, magos y videntes que rodean un poderoso gobernante oriental, y ante la imposibilidad de éstos de adivinar e interpretar el sueño del rey, iban a ser llevados a la muerte. Daniel solicitó que no matasen a estos señores y que le dieran un tiempo a él para mostrarle la interpretación al rey. Después de haber orado y recibido la revelación de parte de Dios, Daniel se presentó delante del rey, glorificando a Dios. Dice la Palabra de Dios en el libro del profeta Daniel, capítulo 2:

"27Daniel respondió delante del rey, diciendo: El misterio que el rey demanda, ni sabios, ni astrólogos, ni magos ni adivinos lo pueden revelar al rey. 28Pero hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer en los postreros días. He aquí tu sueño, y las visiones que has tenido en tu cama: 29Estando tú, oh rey, en tu cama, te vinieron pensamientos por saber lo que había de ser en lo por venir; y el que revela los misterios te mostró lo que ha de ser. 30Y a mí me ha sido revelado este misterio, no porque en mí haya más sabiduría que en todos los vivientes, sino para que se dé a conocer al rey la interpretación, y para que entiendas los pensamientos de tu corazón".

Los reinos terrenales y el curso de la historia

A continuación el profeta Daniel continúa con la interpretación del sueño de Nabucodonosor, diciéndole:

"31Tú, oh rey, veías, y he aquí una gran imagen (porque a Nabucodonosor se le había olvidado el sueño). Esta imagen, que era muy grande, y cuya gloria era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era terrible. 32La cabeza de esta imagen era de oro fino; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de bronce; 33sus piernas, de hierro; sus pies, en parte de hierro y en parte de barro cocido. 34Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó".

Dios le muestra a Nabucodonosor cuatro grandes imperios que dominarían al mundo civilizado hasta el fin de la historia, y se estableciera definitivamente el reino de Dios sobre la tierra, cuyo glorioso Rey está representando aquí por una piedra que caería del cielo, la cual destruiría todo el reinado de Satanás sobre la tierra. La piedra fue cortada no con mano. La cosas de Dios no se realizan por iniciativa humana, por proyectos ideados por los hombres, y menos lo relacionado con el establecimiento de Su Reino, por muy magníficos que nos parezcan. Dios tiene un plan eterno, inconmovible y verdadero; plan que aparece en la Palabra y que nos lo revela por Su Espíritu. La Palabra de Dios no admite reformas humanas. Todo lo escrito tendrá su cumplimiento. Todo está registrado en el libro sagrado.

"35Entonces fueron desmenuzados también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro, y fueron como tamo de las eras del verano, y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno (aquí vemos que Dios desmenuza toda la gloria y los propósitos de los hombres). Mas la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra".

Esa es la piedra angular de que habla Pedro. Dios es quien pone los reyes y los quita, y les da a los hombres autoridad para que reinen. El presidente Álvaro Uribe Vélez acaba de ganar las elecciones para su segundo período debido a que Dios le dio esa autoridad. Es Dios quien le concede prolongar su mandato. Sigue diciendo Daniel al rey:

"36Este es el sueño; también la interpretación de él diremos en presencia del rey. 37Tú, oh rey, eres rey de reyes; porque el Dios del cielo te ha dado reino, poder, fuerza y majestad. 38Y dondequiera que habitan hijos de hombres, bestias del campo y aves del cielo, él los ha entregado en tu mano, y te ha dado el dominio sobre todo; tú eres aquella cabeza de oro".

Babilonia

Babilonia era esa cabeza de oro. La Palabra de Dios revela que Babilonia fue el imperio más brillante y glorioso que ha existido en toda la historia de la civilización. No el más poderoso, pues a medida que fueron sucediéndose esos imperios mundiales, se iban degradando y perdiendo su brillo de gloria, pero paradójicamente en esa misma proporción iban ganando en fuerza y poder. En la gran estatua del sueño, después de la cabeza de oro (Babilonia) seguía el pecho y los brazos de plata, luego su vientre y sus muslos de bronce, sus piernas de hierro, y por último, sus pies de hierro y de barro cocido. Los materiales de esa estatua se iban degradando a medida que descendía a la tierra. Es algo que parece contradictorio, pero es la realidad. Los hombres, en la medida en que adquieren más fuerza y poder, más se degradan moralmente, y su corazón se desliza más hacia la corrupción y la crueldad.

"39Y después de ti se levantará otro reino inferior al tuyo; y luego un tercer reino de bronce, el cual dominará sobre toda la tierra".

Media y Persia

¿Qué poder mundial surgió después de Babilonia? Una coalición de los medos y los persas (los dos brazos de la estatua unidos por el pecho) se tomaron el poder mundial y derrotaron a Babilonia. Eran menos brillantes pero más poderosos en fuerza. La plata tiene menos valor y preciosura que el oro, pero es más fuerte.

Grecia

Después se levantó un tercer gran imperio, Grecia, en manos de un joven macedonio llamado Alejandro, más conocido en la historia como Alejandro Magno, hijo de Filipos, rey de Macedonia, quien en el corto lapso de diez años llegó a conquistar y dominar el mundo; y después de su muerte su gran imperio fue dividido y prolongado por sus cuatro grandes generales del estado mayor, extendiendo e implantando por el mundo la cultura helenística, usada por Dios incluso para la expansión del evangelio.

Imperio Romano

"40Y el cuarto reino será fuerte como hierro; y como el hierro desmenuza y rompe todas las cosas, desmenuzará y quebrantará todo".

A Babilonia le llegó el fin; lo mismo le sucedió a los medo-persas; a los griegos también les llegó el fin de su poderío por medio de la incursión de un cuarto reino muy poderoso pero extremadamente sanguinario, llamado Roma. Recuerden, hermanos, que el imperio romano está representado por las dos piernas de hierro de la estatua. Roma fue un imperio con dos capitales: Roma propiamente dicha, en la parte occidental, y Constantinopla en la parte oriental. Y hubo un prolongado tiempo en que fueron sus capitales simultáneamente. Esta circunstancia sirvió para su posterior debilitamiento. Ha sido el imperio más cruel y sanguinario de la historia.

"41Y lo que viste de los pies y los dedos, en parte de barro cocido de alfarero y en parte de hierro, será un reino dividido; mas habrá en él algo de la fuerza del hierro, así como viste hierro mezclado con barro cocido. 42Y por ser los dedos de los pies en parte de hierro y en parte de barro cocido, el reino será en parte fuerte, y en parte frágil. 43Así como viste el hierro mezclado con barro, se mezclarán por medio de alianzas humanas; pero no se unirán el uno con el otro, como el hierro no se mezcla con el barro".

Imperio Romano resurgido

El cuarto imperio, el romano, no existe ya en la historia. Roma, su capital occidental, sucumbió en el año 476, en manos de Odoacro, un jefe de los mercenarios germánicos de Italia, quien depuso al emperador Rómulo Augústulo y envió a Constantinopla las insignias imperiales. Constantinopla, su capital del ala oriental, fue conquistada por los turcos en 1453, instaurando un régimen islámico. Sin embargo el imperio romano ha continuado latente en estos siglos en toda la civilización occidental; pero al final de los tiempos ocurrirá un resurgimiento de este imperio, no con el poder y la fuerza antigua, sino que termina en diez dedos que no son totalmente de hierro, sino que tienen parte de ladrillo, para que se entienda mejor; y el hierro jamás se mezcla con el ladrillo; jamás se compactan; eso ocurre sólo en apariencia; en el momento en que reciban un golpe contundente, cae el hierro por un lado y los pedazos de ladrillo por el otro. De manera que son uniones aparentes, muy débiles y frágiles. Son diez dedos. El número diez representa la totalidad de las naciones surgidas de las antiguas provincias del Imperio Romano, incluyendo las naciones que fueron colonias de ultramar de esas metrópolis. Son las naciones que al final de los tiempos le darán el trono al Anticristo, y que en determinado momento estarán aparentemente unidas. Por ejemplo, los países que conforman la Unión Europea aparentemente están unidos por múltiples instituciones políticas y económicas, su parlamento, su constitución, el euro, etc., pero siguen manteniendo en sí mismos sus barreras, allí subyacen nacionalidades e intereses que defienden por encima de los pactos multinacionales. Los ingleses, los franceses, los alemanes, los españoles siempre defenderán lo que son, incluyendo su cultura ancestral, aunque ahora vivan una unión y alianza continental.

La Piedra lanzada por Dios

"44Y en los días de estos reyes (cuando estén gobernando al mundo estos reyes; esto no se hado aún en la historia) el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre, 45de la manera que viste que del monte fue cortada una piedra, no con mano, la cual desmenuzó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro. El gran Dios ha mostrado al rey lo que ha de acontecer en lo por venir; y el sueño es verdadero, y fiel su interpretación".

Yo creo que los romanos jamás pensaron que el imperio romano llegaría a ser destruido, que sucumbiría; eso jamás. Pero el Rey que pondrá Dios, nunca será destronado. Él vendrá a darle fin a la historia de los grandes poderes mundiales humanos. Jesucristo desmenuzará y consumará todos estos reinos y todas las naciones de la tierra tendrán que someterse a su autoridad y a su reino.

Al trasladarnos al capítulo 7 de Daniel, vemos el aspecto bajo el cual este profeta vio el curso los imperios en la historia de la humanidad. Ya hemos visto que los reinos del mundo son apoteósicos, tienen una aparente y efímera gloria, y la humanidad sueña con vivir esas grandezas. Pero la gloria de los grandes imperios y las realezas mundanas es sumamente aparente, pasajera y frágil. Dios es quien ve la realidad de las cosas, y Él es quien tiene en sus manos la continuación y el desarrollo de los asuntos según como Él lo trazado, por mucho que se crea lo contrario. Todo el plan de la economía de Dios ha de realizarse cumplidamente. Nada ha sido dejado al azar. El gobierno del Anticristo que vendrá, en lo terrenal podrá aparecer con mucha gloria y poder, pero será de poca duración. Dice en Apocalipsis que la gente lo adorará, lo admirará e irá tras él, y dirán: ¿Quién como la bestia? ¿Quién podrá luchar contra ella? ¡Miren qué gloria! ¿Cuándo se había visto algo semejante en toda la historia? (Cfr. Apocalipsis 13:3-4.) Según la visión del apóstol Juan, se maravillará toda la tierra en pos de la bestia.

Los imperios bestiales

Por eso Dios ha revelado cómo ve Él los reinos del mundo; al profeta Daniel y al apóstol Juan, en primer lugar. Daniel recibió una revelación de esos cuatro imperios mundiales, Babilonia Persia, Grecia y Roma, en las figuras de cuatro bestias, porque no han sido otra cosa. Cada bestia revela exactamente las características y cualidades del respectivo reino. La primera bestia, un león con alas de águila, simbolizaba la grandeza del imperio babilónico; la segunda bestia, un oso con un costado más alto que el otro, y en su boca tres costillas entre sus dientes, simbolizaba la alianza devoradora y sangrienta de los medos y los persas; la tercera bestia, semejante a un leopardo con cuatro cabezas y cuatro alas de aves en sus espaldas, simbolizaba el veloz dominio del mundo por parte de los griegos; y la cuarta bestia, espantosa y terrible, que era como una mezcla de las tres anteriores juntas, pero con diez cuernos, simbolizaba el terrible imperio romano. Todos esos gobiernos han sido bestiales y satánicos, pues Satanás, el príncipe del mundo y de la potestad del aire, es el supremo titiritero que los manipula desde los aires con su poderosa organización espiritual de las tinieblas (cfr. Daniel 10:12-13.). Pero hay una explicación del sueño. Leamos al profeta Daniel en el capítulo 7:

"15Se me turbó el espíritu a mí, Daniel, en medio de mi cuerpo, y las visiones de mi cabeza me asombraron. 16Me acerqué a uno de los que asistían, y le pregunté la verdad acerca de todo esto. Y me habló, y me hizo conocer la interpretación de las cosas. 17Estas cuatro grandes bestias son cuatro reyes que se levantarán en la tierra".

Hay que analizar por qué se centra la Palabra de Dios en estos cuatro grandes imperios. El Señor revela lo que no es conocido; por eso la revelación empieza en tiempos del profeta que la recibe. Antes de Babilonia había habido dos grandes imperios que alguna relación tuvieron con el pueblo de Dios: Egipto y Asiria. En Egipto el pueblo se había multiplicado, pero habían estado esclavizados; Asiria había invadido el reino del norte y se los había llevado en cautiverio. Ahora los cuatro grandes imperios a partir de Babilonia, todos sometieron a la tierra santa. Cuando el Señor nació en Belén, la tierra santa estaba sometida por la cuarta bestia, por Roma; y fue Roma quien dictó la sentencia y lo llevó a la cruz. Todos estos imperios han sido bestiales y satánicos; pero, ¿cuál será el fin de ellos cuando Satanás sea encerrado en el abismo? Dice Apocalipsis 20:1-3: "1Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. 2Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; 3y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años; y después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo". Cuando el Señor regrese a la tierra y Satanás sea lanzado al abismo, inmediatamente toda la estructura de su poder caerá al piso, como vio Daniel que se desmoronó toda la imagen vista por Nabucodonosor. Aunque todos esos imperios mundiales hayan caído en la historia, todavía persiste la estructura de toda la imagen. El poder mundial que llevará al poder al anticristo aparecerá con algo de la brillantez del oro babilónico, tendrá mucho del poder destructor de los medos-persas, algo de la habilidad, destreza y ligereza de los griegos, y poseerá, sobre todo, el espíritu sanguinario y fiereza del imperio romano. Pero todo eso será consumido con la llegada gloriosa del Señor Jesucristo.

"18Después recibirán el reino los santos del Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, eternamente y para siempre".

¿Quiénes son los santos del Altísimo? La Iglesia; sobre todo los vencedores. Y el caso es que la Iglesia le está poniendo poca seriedad a este asunto del reino. Y según la Palabra de Dios, el reino es prioritario. "Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas" (Mt. 6:33). Nosotros tenemos una gran responsabilidad frente al reino de Dios. Es una orden del Señor que nos preocupemos por el reino muy por encima de todos nuestros intereses y necesidades particulares.

Un cuerno enigmático

"19Entonces tuve deseo de saber la verdad acerca de la cuarta bestia, que era tan diferente de todas las otras, espantosa en gran manera, que tenía dientes de hierro y uñas de bronce, que devoraba y desmenuzaba, y las sobras hollaba con sus pies; 20asimismo acerca de los diez cuernos que tenía en su cabeza, y del otro que le había salido, delante del cual habían caído tres; y este mismo cuerno tenía ojos, y boca que hablaba grandes cosas, y parecía más grande que sus compañeros".

Ahí es revelado la aparición del Anticristo, que surge de estas últimas naciones que corresponde con los diez cuernos de la cuarta bestia y con los diez dedos de la estatua del sueño de Nabucodonosor.

"21Y veía yo que este cuerno hacía guerra contra los santos, y los vencía, 22hasta que vino el Anciano de días, y se dio el juicio a los santos del Altísimo; y llegó el tiempo, y los santos recibieron el reino".

Vemos en la Palabra la revelación de que Dios nos ha hecho reyes y sacerdotes; pero para reinar con Cristo hay que ser vencedor.

"23Dijo así: La cuarta bestia será un cuarto reino en la tierra, el cual será diferente de todos los otros reinos, y a toda la tierra devorará, trillará y despedazará. 24Y los diez cuernos significan que de aquel reino se levantarán diez reyes; y tras ellos se levantará otro, el cual será diferente de los primeros, y a tres reyes derribará. 25Y hablará palabras contra el Altísimo, y a los santos del Altísimo quebrantará, y pensará en cambiar los tiempos y la ley; y serán entregados en su mano hasta tiempo, y tiempos, y medio tiempo".

Eso concuerda con los tres años y medio revelados en Apocalipsis (cfr. Apocalipsis 13:5; 11:2).

Instauración del reino de Dios

"26Pero se sentará el Juez, y le quitarán su dominio para que sea destruido y arruinado hasta el fin, 27y que el reino, y el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán".

Se sabe que Cristo vendrá pronto, y va a establecer Su reino. Pero Él ahora ya está reinando; está sentado en el trono del Padre; y nosotros en cada localidad estamos representando el reino de Dios. Para que el reino de Dios sea bien representado en cada localidad, se debe estar guardando la unidad del cuerpo de Cristo. Las divisiones en la iglesia dan la imagen de un reino dividido. Cuando Josué llega a la tierra prometida, él avanza con el ejército a su mando, un solo ejército, para tomar para Dios la tierra prometida localidad por localidad. Pero quien en verdad obraba con ellos, y les daba la victoria, era Dios; y miren cómo les entrega la primera ciudad, a Jericó. ¿Recuerdan el cuadro? Solamente tuvieron que obedecer la orden de Dios, como quien dice, el Jefe del estado mayor del ejército. Darle seis vueltas a la ciudad en seis días, y en el séptimo día proclamar la victoria de Dios, dando ese día siete vueltas. Dijo Josué: Gritad, porque el Señor os ha dado la ciudad (cfr. Josué 6:15-21). Y aquellas fuertes murallas cayeron derribadas como si fueran de cartón. Era la victoria de Jesucristo. Pero en Jericó no se detuvieron; siguieron tomándose las otras ciudades, y Dios peleaba por ellos y con ellos, e iban tomando localidad por localidad, para instaurar un comienzo y modelo del reino de Dios sobre la tierra. Nosotros tenemos esa misión: ir tomando localidad por localidad, e ir estableciendo el reino en cada una de ellas.

¿Quién desea realmente que venga y se manifieste el reino de Dios? La gente recita la oración del Padre Nuestro, y dicen: "9Padre nuestro que están en los cielos, santificado sea tu nombre. 10Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" (Mt. 6:9-10). Pero si yo le digo al Señor: "Venga tu reino"; necesariamente que debe venir en primer lugar a mí. Que el Rey (Cristo) reine en mí. Tenga su trono en mi corazón, punto central de mi vida. Y reinando en mí y reinando en ti, y reinando en cada uno de los hermanos, como consecuencia el Señor reina en la Iglesia, y así entonces se está viviendo el reino. Y el mundo podrá ver que Dios reina en nosotros; eso es inocultable. Unos más, otros menos, pero el que no se somete, pues entonces hay disciplinas, hay pruebas, se establecen instancias, el Señor trata con nosotros. ¿Qué dice la Palabra de Dios al respecto? ¿Cuáles son los principios del reino? Estúdiese con detenimiento, muchas veces, el famoso sermón del monte. Ahí están resumidos los principios del reino, cómo debemos de vivir, de comportarnos como hijos de Dios. Dice el Señor allí que nuestra vida aun sea más rígida que la de los mismos religiosos. "Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos" (Mt. 5:20). Eso lo declara enfáticamente el Señor. "Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos " (Mt. 5:3).

Entonces, cuando aún estaba en vigencia el gobierno de la cuarta bestia, ya tiene una primera manifestación la piedra no lanzada con mano. Ya se manifiesta en el escenario de la tierra santa. En Mateo 3 dice la Escritura por boca de Juan el Bautista; el estaba predicando por el desierto, pero abre su boca para declarar algo de suma importancia: "2Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. 3Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas". En ese momento todavía no se manifiesta; apenas se está acercando; de manera que ya es tiempo de que se arrepientan. Ya está por ahí cerca el que lo ha de manifestar, el que lo ha de regir. Luego en el siguiente capítulo, en el 4, lo dice el Señor en persona: "17Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado". Todavía el reino en ese momento no ha llegado; apenas se ha acercado. Para su manifestación tiene el Señor que permanecer un tiempo aquí desarrollando Su ministerio terrenal, y luego ser llevado a la cruz, donde muere por nuestra salvación, y luego ser sepultado, y luego resucitar, y luego ascendido a los cielos y ser glorificado, y luego enviar Su Santo Espíritu, a fin de que Su Espíritu nos traiga la vida de Dios y penetre y haga morada en nuestro espíritu y se haga uno solo con nuestro espíritu, y empecemos realmente a hacer parte del nuevo hombre, del verdadero hombre que ha de reinar en esta tierra, no para el reino de las tinieblas sino para Dios, Jesús y Su Iglesia, trayendo con Él el reino de los cielos, y a representar el reino de Dios en esta tierra.

El Reino es la quintaesencia del evangelio

Nosotros hacemos hoy parte de ese Rey, pues Él nos ha hecho reyes y sacerdotes; el Señor nos ha elevado a esa posición gloriosa; y la Palabra de Dios nos dice que debemos predicar el evangelio del reino. Por ejemplo, en Mateo 10 encontramos una habilitación y comisión de los doce discípulos más íntimos del Señor. Allí vemos que ellos fueron comisionados y enviados, no sin antes ser dotados de autoridad sobre los espíritus, para que los echasen fuera, para sanar toda enfermedad y toda dolencia, como sellos divinos que garantizaban la autenticidad del mensaje. El reino de los cielos es la quintaesencia del evangelio, pero ellos no iban a pregonar, diciendo: Ya llegó el reino de Dios, pues Cristo no estaba reinando todavía, pero el Señor decide enviarlos esa vez con ese bendito mensaje precursor, como los primeros rayos del alba anunciando la aparición del sol. Bueno, vosotros vais a salir ahora "y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado". Según el contexto vemos que aquellos hombres llevaban el mensaje de salvación y liberación, pero la presencia del bendito Salvador y su poder manifestado, también aseguraba la presencia física del Rey, de manera que era inminente la irrupción en medio de ellos de las gracias espirituales propias del reino de los cielos.

Nosotros hemos construido pequeños reinos en torno nuestro. Hay cosas que para nosotros revisten tanta importancia, que llegan a acaparar toda nuestra atención. Subjetivamente pueden estar ubicadas en cualquier rincón de nuestro corazón, pues objetivamente puede comprender algún aspecto de nuestro trabajo, de nuestra ocupación cotidiana, de nuestra economía, de nuestros amores y sentimientos, de manera que se agiganta tanto que se convierte en nuestro pequeño reino; y llega el caso en que no admitimos que nada ni nadie nos confronte frente a aquello. No pocas veces estamos deseando que se realice lo planeado por nosotros. Pero hay algo que ocurre, y es que no tenemos en cuenta que hacemos parte del cuerpo de Cristo, de Su Iglesia, que el Reino es de Cristo, que debo interesarme por trabajar por el Reino; y el caso es que en todo esto está en juego mi propia participación en la manifestación futura del Reino. Para que, cuando Cristo venga, yo pueda participar en las bodas del Cordero y en la manifestación gloriosa del reino, es necesario que esté participando ahora en la realidad de ese reino en la Iglesia y trabajando por él, obedeciendo sus principios y viviéndolo activamente en estos días. Acordémosnos de la parábola de las diez vírgenes.

Si no lo hacemos así, ¿qué diferencia podríamos tener con los gentiles? "32Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. 33Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas" (Mt. 6:32-33). ¿Cuáles son las preocupaciones centrales de los gentiles? En qué comer, qué beber, dónde vivir, qué manejar, cómo enriquecerse, dónde gozar; eso es lo que busca el mundo; y matan y roban y engañan y se llenan de enemistades y se hacen la guerra a fin de darle feliz cumplimiento a todas esas cosas. El mundo es una sola rebatiña. La vanidad colma el corazón de las gentes sin Dios; ese es su interés principal. Pero no hagáis vosotros así, pues vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de comer, de beber y de vestiros. Nosotros ya estamos en el reino; el reino de Dios ha venido a nosotros. Nosotros no vivimos bajo la autoridad del príncipe de este mundo, para seguir esa corriente de tinieblas, sino que el Reino de nosotros tiene un Rey Santo, un Rey de amor, pero también de disciplina. Si nuestro interés primordial es buscar el reino de Dios y su justicia, entonces el Señor cumplirá Su palabra de proveernos lo necesario, de abrirnos puertas de trabajo o los medios adecuados para que tengamos a tiempo nuestra comida, nuestra bebida, nuestros vestidos, nuestra vivienda, y a veces hasta para nuestro recreo, porque de eso también tenemos necesidad. Él sabe que necesitamos algún descanso temporal, nuestras pequeñas vacaciones; todo eso lo sabe el Señor. "Y todas estas cosas os serán añadidas". Dios se compromete a eso en Su Palabra. Quien trabaja para el Señor, Él cumplidamente le suplirá para sus necesidades.

Real sacerdocio

Nosotros estamos ubicados en la Palabra en ese contexto. Nosotros estamos siendo entrenados para gobernar como reyes y ministrar como sacerdotes. Por ejemplo, el apóstol Pedro en su primera carta nos declara: "4Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, 5vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. 6Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en él, no será avergonzado. 7Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, la piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo; 8y: Piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados. 9Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pe. 2:4-9). Allá ellos, los desobedientes, pero vosotros sois linaje escogido. Para Dios somos una raza especial; ya no somos nu judíos ni gentiles. Originalmente, Dios sí quería hacer de Israel una nación sacerdotal, pero ellos cayeron en la idolatría y no calificaron. Nosotros ahora somos reyes y sacerdotes, porque estamos en Cristo, quien es Rey de reyes y Sumo Sacerdote. Nótese que Pedro no dice seréis sino sois, en presente. Somos linaje escogido, real sacerdocio. ¿Para qué hemos sido llamados? Para anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable; para anunciar las virtudes del Rey. Para eso hemos sido llamados por Dios, para anunciar esas virtudes del Señor y, claro, mostrarlas en nosotros mediante un testimonio santo.

En Apocalipsis también aparece esta declaración. "Y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén" (Ap. 1:6). Nos hizo. Es un hecho. 9Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre los has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; 10y los has hecho para nuestro Dios reino y sacerdotes, y reinarán sobre la tierra" (Ap. 5:9-10). Fuimos sacado de todo linaje y lengua y etnia; ahí están las diez vírgenes. Eso somos y lo seremos para toda la eternidad con el Señor. En todo reino hay un rey, y hay un territorio que comprende los límites del reino, y hay súbditos, pero también hay leyes, hay principios morales y jurídicos, y hay disciplinas. Los principios del reino de Dios son totalmente opuestos y diferentes a los principios de los reinos del mundo. Yo creo que las leyes y constituciones de los reinos del mundo que más pueden semejarse a los principios del reino de Dios son aquellas que se basan en alguna medida en la Palabra de Dios.

¿Restaurarás el Reino ahora?

Entonces, hermanos, ¿quién escribe esto que aparece en Apocalipsis? Juan, uno de los doce apóstoles del Señor Jesucristo. ¿Quién escribió lo que hemos leído anteriormente? Pedro, otro de los doce. Pero lo curioso es que ellos mismos, Juan, Pedro, Mateo, Felipe, Andrés, Santiago y demás discípulos, ya llegada la hora de la ascensión del Señor, se acercan a hacerle una pregunta al Señor. El Señor los había convocado a que se reunieran en el monte de los Olivos, pero ellos, antes que el Señor ascendiera al cielo, le hicieron una pregunta. Es posible que todos esos días hubiesen estado a la expectativa de cada palabra, de cada movimiento del Señor después de haber resucitado. ¡Qué gloria, qué días aquellos! ¿Qué vendrá ahora, Juan? ¿Qué podrá suceder en estos días, Pedro? Y se lo preguntaron directamente a Él. Si no es ahora, ¿podremos tener otra oportunidad? "6Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?" (Hch. 1:6). Ellos, sus íntimos amigos y discípulos, tenían esa preocupación; ellos sabían acerca de las promesas de Dios sobre el reino. Y también creían que Jesús era el verdadero Rey mesiánico; luego fueron testigos de cómo el Señor se entregó para que lo mataran; que voluntariamente se entregó para que lo juzgaran y lo llevaran a la cruz, pues también lo hubiera podido eludir y huir con sus discípulos; irse lejos. Pedro mismo se lo había insinuado (cfr. Mateo 16:22). Todo eso pudieran estar ellos pensando días antes. Pero se dejó matar. Bueno, resucitó. ¡Aleluya! Pero, ¿qué sigue ahora? Ahora vemos que se va. ¿Esto qué es? Hay algunas cosas ahora que no entendemos. Por eso le preguntan al Señor resucitado y en las puertas de la ascensión que si iba a restaurar el reino a Israel en ese tiempo.

Porque, fíjense, hermanos, en esto. A ellos, a los judíos, se los llevaron cautivos a Babilonia, y aunque un remanete regresó en tiempos de los medos-persas, siguieron bajo el dominio extranjero; luego viene un tercer imperio mundial gobernado por los griegos, y siguen bajo el dominio extranjero. Incluso el historiador Flavio Josefo narra en uno de sus libros, cómo recibieron apoteósicamente a Alejandro Magno en Jerusalén, pero él no les dijo a los judíos: Vengo a darles la libertad, no; ustedes seguirán bajo mi yugo (Flavio Josefo. Antigüedades de los Judíos. Tomo II. Cap. VIII, 5, p. 256). Entonces en tiempos de Babilonia los judíos estaban bajo dominio extranjero; en tiempos de los medos-persas, también; bajo el gobierno griego, también; bajo los romanos, también, y nada que Dios restaura el reino. ¿Estaba Dios haciendo algo para restaurar el reino? Claro que sí, pero a su debido tiempo. Ya se había manifestado el Rey, pero faltaba algo. Sus discípulos no entendían los movimientos de Dios, y por eso le preguntan: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Como quien dice: Te hemos visto resucitar, hemos visto tu poder, cómo resucitaste, cómo traspasas las paredes, como te haces invisible, cómo luego restauras tu visibilidad, cómo comes a voluntad, cómo caminas o vuelas si quieres; luego tú tienes poder para restaurar el reino a Israel en este tiempo. Creemos que tú eres el Rey. ¿Lo restaurarás? Ya te vas. ¿Qué es lo que está impidiendo? Ellos no entendían nada, hermanos, debido a que ellos veían todo eso a través de un lente muy humano, como pensando: Bueno, el Señor puede ahora llamar a arreglar cuentas a todos aquellos que lo crucificaron; puede llamarlos al yugo y sacudirse de Pilato y de todo el imperio romano, incluyendo al mismo césar romano. Aquí estamos nosotros para gobernar contigo. ¿Qué impide ahora?

Pero ellos no sabían que el reino de Dios es diferente. Al reino de Dios hay que verlo y comprenderlo desde adentro; y la carne no lo puede ver ni mucho menos entrar en ese reino. La mente carnal no puede comprender el reino de Dios (cfr. 1 Corintios 2:14). Cuando el espíritu de Adán murió sin haber comido del árbol de la vida, sino que en cambio había comido del árbol del conocimiento del bien y del mal, el espíritu se opacó y, en cambio, empezó a erguirse y a crecer el alma; y cuando el alma se engrandece, su centro neurálgico es el ego, el yo. Ese constituye el centro del alma. ¿Tú qué opinas? Yo no quiero eso; yo prefiero esto otro. Yo soy el que mando. Yo soy Hitler, y voy a dominar el mundo. Esa es el alma humana. Por eso dice el Señor: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" (Mt. 16:24). Si decide no hacerlo, no puede seguir a Cristo; no lo entiende. El yo y Cristo no pueden caminar juntos a menos que haya una renovación del alma. Dice Pablo que las cosas de Dios no las puede entender la carne; es decir, el hombre natural o el creyente carnal (cfr. 1 Corintios 3:1-4); y el alma es parte de la carne cuando no ha sido renovada. Hablando del reino de Dios, le dice el Señor a Nicodemo que nadie puede mirar el reino, ni mucho menos entrar en él a menos que nazca de nuevo para ese reino; debe experimentar un nuevo nacimiento, de arriba, para que pueda la vida de Dios entrar en su espíritu y darle la vida increada; y así podrá ver cosas que nunca antes había podido ver (cfr. Juan 3:1-7).

Nosotros, por la misericordia del Señor, hemos llegado a tener la vida de Dios, entonces podemos ver el reino de Dios; debemos, pues, ver el momento crucial que estamos viviendo, y no seguir navegando en la barca de nuestra alma. Embarquémonos con el Señor; entremos en el reino de Dios. Ellos quisieron ver establecido el reino de Dios en ese tiempo. Pero en ese momento ¿quién lo podría comprender? ¿Quién conocía a Cristo? ¿Quién? Ni siquiera ellos mismos lo conocían bien. Para ellos conocer a Cristo tuvieron que recibir el Espíritu Santo en el día de Pentecostés; y cuando ellos recibieron el Espíritu en el día de Pentecostés, en ellos hubo una verdadera revolución, y se les quitó de los ojos un grueso velo, y pudieron ver la realidad de quiénes realmente eran ellos, de quién era Dios y Su Cristo, de cuáles son los propósitos de Dios.

Aveces nosotros ni siquiera nos asomamos a meditar en esa realidad y pensar en el poder que tenemos. Dice Mateo 12:28: "Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios". Eso sólo lo puede realizar una persona que tenga el Espíritu de Dios, y esté dentro de los parámetros del reino de Dios. Porque el otro reino, el de las tinieblas, ya está juzgado y vencido; sus días están contados. Los vencedores en la Iglesia están en el reino de Dios, y representan el poder y la autoridad de Dios, sobre todas las tinieblas.

Volvamos a Hechos 1:6. Ahí hay algo que el Señor nos quiere decir. "Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?" Allí no se reunieron cualesquier personas; se reunieron el Señor y Sus discípulos más íntimos. Le preguntaron: "¿Restaurarás el reino a Israel en este tiempo?" Como diciéndole, ¿seguiremos nosotros bajo el yugo romano? Eso era lo que pensaban ellos. No tenemos para qué especular, pero a veces se me da por pensar cosas y situarme en la escena de los cuadros bíblicos. Después de tres años y medio de estar escuchando al Señor tantas parábolas donde les decía que era necesario que Él se fuese y enviase Su Espíritu y más tarde volviera para establecer Su Reino, etc., y ahora le salen con esa pregunta. Bueno, pero el Señor, con paciencia y mucho amor, les responde: "7Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad". No os toca a vosotros saber los cronos o los kairós, los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad. El Padre tiene todo bien planeado; pero para que ocurra todo lo que ustedes me están preguntando, para que se establezca el reino, es necesario que el día que regrese Cristo, todos lo vean y sepan todos quién es el que viene, y, por ello mismo, muchos correrán a esconderse debajo de las piedras y en las cuevas de los montes. Y sabrán perfectamente quién viene. En aquel día de la pregunta, nadie sabía quién era Jesús de Nazaret, sólo unos poquitos. Para eso era necesario que primeramente ocurriera la extensión de ese conocimiento entre los hombres, y por eso les siguió diciendo: "8Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra".

La Biblia dice que les llegó ese poder con la venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, y hubo un tiempo cuando Pedro iba caminando, y traían los enfermos, pero había tanto que hacer, y seguramente no había tiempo para atenderles uno por uno, entonces con la sola sombra de Pedro, los enfermos eran curados por el poder de Dios (cfr. Hechos 5:12-16). Cuando vino el Espíritu Santo, Sus discípulos empezaron a dar testimonio verdadero de lo que realmente es Jesucristo. Mientras regreso, vosotros daréis testimonio realmente de lo que es el reino; daréis testimonio realmente de cuál es el poder de Dios. Daréis testimonio primeramente en Jerusalén (la localidad donde estaban residiendo), daréis testimonio en Judea (la provincia donde vivían), en Samaria (la provincia vecina) y hasta lo último de la tierra, llegando el mensaje a todos los continentes de la tierra, y llegó hasta Colombia, a Bogotá, y a Sogamoso, a Cúcuta, a Santa Marta y a Barranquilla. Nos llegó a nosotros este testimonio del Señor Jesús; y ahora el Señor ha establecido en nosotros Su reino. Ahora en nosotros hay una realidad del reino; lógicamente que cuando Él venga va a haber una manifestación, pero hoy nosotros ya vivimos en el reino. Si nosotros queremos participar de las bodas del Cordero y del reino milenario, debemos reinar desde ahora con Cristo; que Él reine sobre nosotros, y así nosotros estamos reinando, siendo vencedores. Y todos los entes de las tinieblas tiemblan ante el nombre glorioso del Señor Jesucristo.

"9Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. 10Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, 11los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo". Al ser glorificado, el Señor Jesús empezó a reinar, sentado a la diestra de Dios, hasta que todos sus enemigos sean puestos por estrado de Sus pies (cfr. Mt. 19:28; He. 1:3; 10:12; Ap. 3:21). Que el Señor Jesús abra nuestros ojos para que podamos verlo y vivirlo, y llevarlo profundamente con nosotros a una realidad.

| Referencias (0)


 

El camino de la unidad

Enlace permanente 24 de Abril, 2007, 4:32

EL CAMINO DE LA UNIDAD

"...para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste". Juan 17:21.

Lectura: La oración sacerdotal del Señor: Juan 17:1-26.

El verbo encarnado es el templo de Dios

En este capítulo de la Escritura hay un énfasis del Espíritu, que es la unidad de la Iglesia. Estas son palabras que el Señor en su oración pronuncia al Padre en intercesión por aquellos que el Padre le dio, y también por nosotros que estamos en el tiempo y que hemos recibido la Palabra por la palabra de los apóstoles y los que escucharon a los apóstoles. Nosotros vemos, hermanos, cuando dice: "Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti". El Verbo, el Hijo de Dios tomó carne para manifestar a los hombres el conocimiento de un único Dios creador del cielo y de la tierra; tomó carne para que el hombre pudiera conocer a Dios; y esta Palabra dice que al encarnar en un cuerpo humano, el Señor nos ha dado a conocer a Dios. El Verbo encarnado manifiesta la gloria de Dios, manifiesta el poder de Dios, manifiesta la unidad y la trinidad de Dios, manifiesta los planes de Dios, la voluntad de Dios. ¿Cómo fue eso? Lo dice Juan 1:14: "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad". Eso significa que el Hijo de Dios tomó carne para ser el verdadero templo de Dios aquí en la tierra. La verdadera traducción del griego sería que Cristo al tomar carne, tabernaculizó; fue el verdadero tabernáculo, la verdadera morada de Dios sobre la tierra. Y al ser la verdadera morada de Dios, Cristo manifiesta el carácter de Dios, la gloria de Dios, los íntimos deseos de Dios.

Cristo vino a manifestarnos a los hombres cuál es el plan de Dios para con nosotros. Para qué estamos en esta tierra. Por eso en el versículo 3 nos dice: "3Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado". De manera que el Señor Jesús manifiesta que así como Él glorifica al Padre, así como Él manifiesta la gloria del Padre, Él que es la morada, el tabernáculo de Dios en la tierra, así como el Hijo da a conocer al Padre, entonces nosotros, la Iglesia de Cristo, los que gozamos de la vida eterna y del conocimiento de Dios por Jesucristo, estamos llamados a glorificar al Hijo, a glorificar al Verbo de Dios encarnado, y a darlo a conocer a los hombres.

Fuimos bautizados en un mismo cuerpo

El Señor, en su oración, empieza a rogar por sus discípulos; más tarde ruega por la Iglesia; y en la parte donde ruega por sus discípulos, en el verso 11 dice que "ya no estoy en el mundo"; aquí el Señor, aunque todavía no había pasado por la cruz, da por sentado y efectuada esa gloriosa obra de Él en el Calvario; la da por hecha, pues Él está seguro que va a pasar por la cruz, y que pronto Él va a resucitar, y va a ascender dejando este mundo. Por eso le dice al Padre: "11Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros". Ahí comienza a hacer énfasis en la unidad de la Iglesia. Nosotros, cuando leemos la historia, cuando contemplamos el panorama que vive hoy la cristiandad, vemos a una cristiandad que se fue llenando de mitos en el curso de los siglos. Hay muchas realidades espirituales, y aun históricas que fueron desvirtuadas, que fueron mutiladas de su excelencia y su verdad bíblica y revelacional; y también mezcladas con las leyendas generacionales. Hubo un desprestigio de la verdad, y hoy se viven mitos. Un aspecto de la verdad que fue desprestigiado fue la unidad del cuerpo de Cristo. La Iglesia comenzó siendo una, pues la Iglesia no es una organización de tipo humano. La Iglesia es un organismo vivo de origen divino. La Iglesia es el cuerpo de Cristo. La Iglesia es la misma vida de Cristo, pues es Su cuerpo. Dice 1 Corintios 12:12-13: "12Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. 13Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu". La Escritura declara enfáticamente que nosotros somos el cuerpo de Cristo. No hay dos cuerpos de Cristo. El Espíritu, al bautizarnos en un solo cuerpo, nos hace partícipes de ese único cuerpo; venimos a ser miembros de ese cuerpo. Se trata de un cuerpo vivo cuya cabeza es Jesucristo.

Pero ese hecho, que es una realidad espiritual e histórica, se fue desvirtuando a través de la historia. Al comienzo la Iglesia vivía esa realidad, como lo declara el libro de los Hechos, donde habla las intimidades de la Iglesia en su estado primitivo e incontaminado. "Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común" (Hch. 4:32). Hasta ese grado llegaba la unanimidad de los hermanos; vivían en ese mismo sentir, en ese mismo pensamiento; es lo que vivía el cuerpo de Cristo en ese tiempo, tanto que aquí dice que "ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía". No conocían el egoísmo, no había intereses particulares. Los intereses de la Iglesia eran los intereses del Señor. Entonces, así como esta mano se preocupa por esta otra, por la cabeza, todo mi ser, todos los miembros de mi cuerpo se preocupan los unos por los otros. Eso es la auténtica vida de la Iglesia del Señor, por el Espíritu, por lo que el Señor quiere que vivamos. Es eso, que ninguno diga ser suyo nada de lo que Dios haya puesto en sus manos. Los hermanos de la primera etapa de la Iglesia vivían ese fervor, ese calor del Espíritu de Cristo. Dice el versículo siguiente: "33Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos". Pero, hermanos, ¿qué pasó a lo largo de los siglos? Que en la historia empezó a tergiversarse y a mitificarse esta verdad, y la Iglesia empezó a recibir la influencia del mundo y de las religiones mitológicas.

Comienza la distorsión

Cuando los hermanos aún vivían aquel fervor, el único Señor de la Iglesia y de cada hermano, de cada creyente en Jesucristo, era el Señor Jesucristo. Después fueron surgiendo otros señores humanos, e incluso otros señores representados por cosas, situaciones, posiciones. Se sabe que aún en tiempos del Señor Jesús y sus discípulos había un poder terrenal, diabólico, que estaba representado por el César romano, con pretensiones divinas; y por eso se dice que el saludo entre sus súbditos tenía obligadamente que ser: César es el señor; y en ese tiempo ningún cristiano admitía que el César fuese su señor, pues Jesucristo es el Señor; y eso era encarado aun a costa de su propia libertad y vida. Cuando los de mundo escuchaban de los creyentes esa aseveración, de que no creían en la divinidad del César y en el señorío del César, de que no creían ni adoraban los dioses mitológicos del Estado, entonces el Estado y los paganos declaraban que los cristianos eran unos ateos. ¿Cómo les parece, hermanos? Los verdaderos ateos acusando de ateos a los verdaderos creyentes. Los creyentes en Jesucristo no adoran al César ni a sus dioses.

Entonces la Iglesia verdaderamente empezó a vivir lo que el mismo Señor en esta misma secuencia de enseñanzas, después de haber tomado la última cena con ellos. Él se los había dicho con toda claridad, a fin de que no fueran sorprendidos. Después de más de tres capítulos de promesas, aclaraciones, consuelos y advertencias, les dice: "Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo" (Juan 16:33). Entonces la Iglesia lo comprendió y pudo enfrentarlo con Su ayuda. No importó que sobrevinieran las grandes persecuciones, los martirios en masa. La Iglesia lo vivía porque estaba segura que la verdadera patria de nosotros no es este mundo, que nuestra patria es con el Señor. "Para que donde yo estoy, vosotros también estéis" (Juan 14:3). Ellos lo sabían perfectamente. Pero se fue perdiendo aquello, se fue ahogando. El mismo Estado que perseguía a la Iglesia, optó por ofrecerle su mano; y le tendió la mano a la Iglesia, y la Iglesia empezó a asirse de la mano del Estado, una mano mucho menos fuerte que la del Señor, y empezó a mezclarse el mito existente con la Iglesia, y se fue mitificando la Iglesia, y se fue desbordando aquella mentira.

Entonces surgieron nuevos mitos a raíz de ese romance saturado de infidelidad. Por ejemplo, es verdad que el Señor le había dicho al apóstol Pedro: "Y a ti te daré las llaves del reino" (Mt. 16:19); es verdad que Pedro, con su predicación el día de Pentecostés, abrió las puertas del evangelio a los judíos, y después Pedro, por mandato expreso del Señor, asimismo le abrió las puertas de la salvación a los gentiles en la casa de Cornelio. Entonces es verdad que él tenía las llaves para abrir las puertas del reino; pero no se trata de las llaves para que en la historia se mitificara y llegara alguien a declarar que Pedro había recibido una silla de rey terrenal, y que Pedro y sus supuestos "sucesores" eran los únicos representantes de Dios sobre la tierra. Era la cristiandad llenándose de mitos. Y de esa falacia montada, sobrevino un poderoso rey terrenal a declarar y dogmatizar que él era el legítimo representante de Dios sobre la tierra; pero el verdadero vicario del Señor sobre la tierra en la Iglesia es el Espíritu Santo (Cfr- Juan 14:15-17.).

Hermanos, nosotros solamente somos siervos. Lógicamente, amados hermanos, que eso estorbó la unidad de la Iglesia, pues un rey terrenal no puede decretar la unidad del cuerpo vivo de Cristo. La unidad de la Iglesia está por encima de las parciales unidades de las organizaciones eclesiásticas. Y eso en la historia se dio. El Señor sí tuvo una reacción ante ese poderío terrenal del cesaropapismo, y esa reacción se dio con ocasión de la Reforma protestante. pero con la Reforma los hermanos no recibieron revelación acerca de la unidad de la Iglesia, y en Europa surgieron "iglesias nacionales" que imitaron la estructura de aquel sistema de donde el Señor había sacado ese remanente para empezar a restaurar la unidad de su Iglesia sobre la tierra bajo el señorío de Cristo y de acuerdo a los parámetros del Nuevo Testamento. En ese momento histórico, los hermanos no estaban capacitados para recibir toda la revelación. Recuerden lo que el Señor le dice a sus discípulos: "Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar" (Juan 16:12). Es como un niño al cual no se le puede dar toda la información; no la entiende, pues no la puede manejar. Entendemos, pues, que la Iglesia en sus comienzos era como un bebé. Incluso hay una etapa de la Iglesia en que muchas cosas se pueden saber, pero con el riesgo de no entenderlas. Incluso el Señor les dijo a los discípulos: "Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir" (Jn. 16:13). Eso sucedió, pero sobrevino una etapa de obscurantismo con el papado, y la Biblia fue un libro prohibido.

La Reforma frente al mito

Entonces con la Reforma sucedió algo similar, pues la Iglesia había pasado por mil años de cautiverio romano, de oscuridad; y aquellos poquitos hermanos que fueron llamados a salir de ese sistema religioso-político, no podían recibir toda la información, toda la revelación bíblica. ¿Por qué? Porque no la iban a poder comprender y digerir. Eran como el enfermo que empieza a recuperarse de un prolongado estado de coma; el tratamiento es delicado y progresivo. La revelación del contenido bíblico ha sido dado progresivamente. El sistema papista había estado vendiendo la salvación; y el Señor les dijo: la salvación no se vende, porque la salvación es un regalo que el Señor nos da por la obra de su Hijo. La salvación es por gracia, y se recibe por fe. Es un regalo inmerecido. Nadie lo merece; es un regalo que no se pierde. ¿Quién merece la salvación? Si nosotros, no mereciéndolo, recibimos ese regalo de Dios, no lo vamos a perder. Nosotros recibimos ese regalo y entramos en obligaciones, pero en esas obligaciones no se juega el regalo. El regalo es eterno. Hay obligaciones, sí; y como Iglesia tendremos que dar cuenta cuando el Señor venga por nosotros. Los reformadores recibieron revelación sobre la salvación debido a que era uno de los asuntos más graves del papado; pero el mito continuó.

El mito fue reforzado, perfeccionado y lleno de mentiras durante el cautiverio babilónico de la Iglesia. Pero cuando salió de allí un remanente y empezaron a imitar y a formar sistemas eclesiásticos similares al sistema madre, continuaron muchos mitos alimentados allí por las tradiciones, y continuaron las iglesias nacionales europeas. Más tarde el Señor, cuando ya la Iglesia había asimilado lo revelado en la Reforma, siguió el Señor revelando otras verdades bíblicas, aunque no todas, pero no las podían manejar adecuadamente, y muchos protocolizaron más divisiones en torno a una verdad revelada. Por ejemplo, en torno al bautismo, en torno al gobierno de la Iglesia, a sacar la Iglesia de los templos materiales y otras verdades, pero hacían de aquella verdad una tergiversación y un nuevo mito. Hoy convivimos con muchos mitos. Es verdad que la virgen María es la madre del Señor Jesús. Pero ella no es una diosa. Eso es un mito. Sí, es un mito de que el papado sea la continuación del ministerio de Pedro. También es un mito que la iglesia local, que es el verdadero templo de Dios en la localidad, se tenga que meter en templos hechos por manos humanas.

A la Palabra por el Espíritu

Nosotros debemos de tener claridad sobre todo eso. ¿Por qué estamos diciendo estas cosas? Aquí hay muchos hermanos nuestros que quieren escuchar el por qué no tenemos un templo. Si nosotros somos el templo de Dios en Cristo, ¿como nos vamos a meter en otro templo? Pero, ¿por qué en Jerusalén había un templo? ¿Por qué en el Antiguo Testamento sí había templo? El Nuevo Testamento declara que ese templo veterotestamentario era parte de los símbolos, de los prototipos de las verdades espirituales; eran las maquetas, eran las sombras de la verdad en Cristo y su Iglesia. Un arquitecto no le va a vender a un cliente la maqueta; le vende el edificio verdadero y acabado.

Entonces el Señor iba revelando progresivamente las verdades desde el Antiguo Testamento; pero como somos humanos, las fue revelando de tal forma que lo fuéramos percibiendo y manejando adecuada y bíblicamente. Pero hoy hemos llegado a la verdad verdadera: Jesucristo y su Iglesia. Esa es la verdad. Nosotros no podemos seguir bregando con mitos. Tenemos que ir a la Palabra por el Espíritu. No podemos ir por el Espíritu sin la Palabra, y a la Palabra sin el Espíritu. No. Alguien dice: Aquí todo lo guía el Espíritu. Eso está muy bien; pero el Espíritu inspiró la Palabra, y el Espíritu no puede salirse de la Palabra y actuar sin la Palabra. Por ejemplo, escucha bien, hermano, si la Palabra dice (lo dice Mateo, Marcos, Lucas, Juan y Pablo en 1 Corintios) que tenemos que tomar la Santa Cena conforme a la Palabra, entonces el Espíritu no va a decir que no la tomemos. El Espíritu no puede decir eso, porque el Espíritu nos reveló la verdad de Dios por la Palabra; y si esas cosas las fomentamos con el argumento de que es por el Espíritu, ya estamos contribuyendo a dividir el cuerpo de Cristo, y nos iríamos aislando del resto del cuerpo. Las Palabra es por el Espíritu, y el Espíritu de Dios dice y guía a lo que inspiró en la Palabra de Dios. Si alguien te dice: Bueno, aquí se hace lo nos dice el Espíritu (omitiendo la Palabra), no lo creas. ¿Eso que estás diciendo que te guía el Espíritu está conforme a lo que dice la Palabra? Si está conforme a la Palabra es verdad.

Hermanos, no podemos tomar la Palabra sin el Espíritu, pues fabricamos un nuevo mito. Tenemos que trabajar la Palabra con el Espíritu. Eso hay que manejarlo bien. No, el Espíritu ha dicho que nosotros no vamos a ofrendar en esta iglesia; que no manejemos dinero. Pero el Espíritu inspiró que en las iglesias se ofrende; el Espíritu inspiró que hay que ayudar a los santos pobres. El Espíritu inspiró que un anciano que trabaja en el evangelio, viva del evangelio, etc. Entonces, ¿cómo vamos a decir que aquí no vamos a ofrendar? Eso no está bien. Es el Espíritu, pero con la Palabra. Pidámosle al Señor que nos libre de los mitos, viejos y nuevos, o los que quiera el demonio traer en el futuro. Señor, guíanos en el Espíritu y guíanos en la Palabra.

El énfasis de la unidad de la Iglesia

En la oración sacerdotal del Señor hay un énfasis. El Señor quiere que seamos uno. El Señor le ruega al Padre que seamos uno. Ese énfasis lo empieza en el versículo 11; luego en el versículo 20 lo vuelve a retomar, y dice el Señor al Padre: "20Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos (aquí el Señor se está refiriendo a nosotros), 21para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste". No podemos nosotros pensar que vamos a ser uno pero cuando estemos en el cielo, como algunos teólogos lo enseñan. No podemos pretender eso, porque en el cielo el mundo no nos puede ver. El mundo tiene que vernos ahora. La unidad de Dios Trino debe reflejarse en la unidad de la Iglesia de tal manera que sea vista y reconocida por el mundo. Nosotros tenemos que dar testimonio de que somos cristianos, de que somos un cuerpo vivo, de que nos amamos y dar expresión de ese amor, de que damos testimonio que Jesucristo vive en nosotros; de amarnos, de servirnos; no murmurarnos, en el vínculo del amor. En estos días se nos ha hablado mucho del amor. Varios hermanos nos han hablado del amor, y la Palabra lo dice. "Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto" (Col. 3:14). El amor, ¿pero el amor de quién? Es el amor del Señor, porque nosotros tenemos al Señor y Él es como un motor; es como un gran dinamo; y Él no quiere estar apagado. Él quiere estar dando energía, Él quiere estar llenándonos de Él; Cristo quiere estar trabajando en nosotros, en nuestra alma, cambiando, transformando, metamorfoseando nuestra mente, nuestros sentimientos, a fin de que actuemos acordes a esa transformación.

Es una transformación en amor que nos lleva a unirnos, a amarnos, a guardar y vivir la unidad del cuerpo. Miremos en Efesios 4: "1Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, 2con toda humildad y mansedumbre (si no hay humildad en nosotros, no puede haber unidad. Una persona que se ubique por encima de los demás hermanos, es imposible que en esa persona haya claridad sobre la vida de la unidad del cuerpo), soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor (tampoco puede haber unidad sin amor), 3solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz". Hermanos, la unidad no es algo que la vamos a crear; eso ya lo hizo el Espíritu de Dios; pero es nuestra responsabilidad como creyentes, guardar esa unidad. Debemos guardar esa unidad creada desde el principio por el Señor. Luego menciona la Palabra siete factores que caracterizan la unidad de la Iglesia, pero el primero que aparece es que se trata de un cuerpo, un solo cuerpo; y esa manifestación de un solo cuerpo la debe ver el mundo, como lo declara el Señor en su oración: 21Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste". El mundo debe ver la unidad. Esa declaración la he oído y la he leído, cuando dicen algunos que la unidad es cuando estemos ya con el Señor en el cielo. Pero esa manifestación debe realizarse ahora; porque en la unidad es como podemos darle la gloria a Cristo, manifestar la gloria del Señor. El Señor mismo lo dice: "22La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno".

Volvemos a Efesios 4, donde aparecen los siete factores de la unidad: "4Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; 5un Señor, una fe, un bautismo, 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. 7Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo". Pero quisiera mostrarles allí algo importante. Primero la Palabra menciona unos dones de Dios a la Iglesia: "11Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, 12a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, 13hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe (hasta que todos lleguemos a creer y vivir experimentalmente una sola cosa. Debemos conocer todo el depósito que nos dejó el Señor, y obedecerlo en la Iglesia, para que esto pueda llegar a ser una realidad) y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo". Recordemos lo que dice el Señor en la oración sacerdotal: "3Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado". El asunto es conocer al Señor por la Palabra y por el Espíritu.

La verdad en amor

Sigue diciendo Efesios 4: "14para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, (pongamos mucha atención al versículo 15) 15sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo". No se puede seguir la verdad y enseñarla, compartirla, sin amor; tampoco se debe expresar el amor sin la verdad. Si yo tengo la verdad pero no tengo amor, entonces no me interesa transmitir la verdad, pues el interés para hacerlo debe emanar del amor. ¿Cuál sería otro el objetivo? ¿Qué otros intereses me motivarían? Transmitir la verdad sin amor puede herir; la verdad sin amor es fría; la verdad sin amor mata, ofende. Yo puedo tener la verdad, y de pronto me creo en el derecho de transmitir la verdad que tengo, y si viene alguien aquí que no está de acuerdo conmigo, pues "que venga para cantarle la verdad". Pero ¿por qué pienso así? Porque no tengo amor. Cuando estoy dispuesto a "cantarle la verdad" a mi hermano, es porque no tengo amor, entonces puedo distanciarme más con él. La verdad debe ser manifestada en amor. La verdad sin amor es como un puñal que te entierran. A veces hay hermanos que nunca te vuelven a mirar debido a que tú le "cantaste la verdad", pero sin amor. Por otro lado, el amor sin verdad da fruto; porque yo por amarte no te digo la verdad para no herirte, y tú sigues lleno de errores; también puede ser que yo te ame mucho, pero como no conozco la verdad, entonces tampoco distingo cuáles son tus errores.

Pero ¿de cuál verdad se trata? ¿Se tratará de la verdad de una organización? ¿La verdad de las tradiciones de los hombres? ¿La verdad de una facción eclesiástica? ¿La verdad de una doctrina tergiversada? No; es la verdad de la Palabra de Dios por el Espíritu. Por el amor que te tengo, no puedo compartir contigo tus errores en cuestiones fundamentales. Hay diferencias en conceptos que no son fundamentales; hay diferencias periféricas dentro de lo que vive la cristiandad. Hay cosas que no perjudican las verdades fundamentales de nuestra fe, como la verdad fundamental de la salvación en la obra de Jesucristo, la verdad de la divinidad y humanidad de Cristo, el nacimiento virginal del Señor, la verdad de la Trinidad, la verdad de la cruz, la verdad de la sangre de Cristo, la encarnación del Verbo de Dios, la resurrección y glorificación del Señor. Hay asuntos que no afectan estas verdades, como que alguno piensa que la Iglesia será arrebatada antes de la gran tribulación, otros que después. Bueno, son cosas que se pueden estudiar con calma a su debido tiempo, pero que no rompen la unidad con nuestros hermanos. Después lo vamos viendo por la Palabra. Esto no me divide de ti, pues no es una verdad fundamental. No, pues, yo no como carne. Entonces digo: Yo sí como. Pero ante eso puedo incluso callar y no comer carne delante de mi hermano. Si no hay suficiente luz en un hermano, delante de él me debo abstener de tomarme una copita de vino, o de comerme un chicharrón, porque de pronto voy a perjudicarlo. Yo sé que esto no es pecado, y que no son asuntos fundamentales, pero debo manejar con cuidado estas cosas.

Pero cuando hay verdades fundamentales de por medio, yo no puedo aceptar los errores que vayan a desviarnos de una verdad fundamental bíblica. Este versículo de Efesios enfatiza sobre la verdad en amor. No se puede tampoco obrar en amor pero sin la verdad; tenemos que tener cuidado con esto. Y todo esto lo estamos diciendo debido a que estamos tratando de trabajar en esta punta de lanza del Señor ahora. La Iglesia del Señor está desmembrada en miles de fracciones, que han fomentado la división del cuerpo. El Señor está trabajando en la unidad de la Iglesia. Dice el Señor: "23Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado".

Hermanos, leamos en Filipenses 2, las siguientes palabras del Señor: "1Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor (se refiere al amor del Señor), si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable (profundo y sincero), si alguna misericordia, 2completad mi gozo (preciosas palabras de Pablo a los filipenses), sintiendo lo mismo (experimentando el mismo sentimiento; para que todos los hermanos lleguemos a sentir lo mismo no lo podremos lograr sin la ayuda del Señor; el Señor por Su Espíritu debe trabajar con nuestro yo y transformar nuestro modo de pensar y nuestro modo de sentir; nuestra mente y nuestro sentimientos estorban la unidad del cuerpo de Cristo), teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa". Este mismo amor a que se refiere aquí Pablo es el amor del Señor, pues el amor nuestro jamás se nivela ni se unifica, debido a que el amor meramente humano es egoísta, no es verdadero amor. Nuestra tendencia muchas veces es tratar de amar a aquellas personas que supuestamente nos aman, que nos tienen en cuenta, que se fijan en nosotros, que somos objetos de su deferencia; pero no así el Señor; el Señor nos ama a todos por igual. Podemos estar rodeados de hermanos que nos amen; pero en los valores eternos lo importante no es que a mí me amen; lo importante no es que mí me regalen; lo importante no es que a mí me tengan en cuenta, me pongan en el primer lugar, me llamen, me feliciten, me visiten. Eso no es lo importante; eso puede incluso llegar a inflar mi ego. Entonces, ¿qué es lo importante? Lo importante es que yo ame, lo importante es que yo dé de mí de lo que el Señor me ha dado tanto en el orden material como en el espiritual, en el intelectual; que comparta de mi tiempo, de mis conocimientos, de mis bienes, de mis talentos, eso es lo importante en la praxis de la unidad de la Iglesia. Yo no puedo presentarme ante el tribunal de Cristo, y decirle: Señor, te presento estos miles de hermanos que me aman. Entonces el Señor me va a decir: ¿Pero tú los amas? ¿Te interesaste por ellos? Yo no puedo ir a dar razón de los que me aman; debo dar razón de mi propio amor ante el Juez, pero de un amor recibido del Señor, pues mi propio amor es egoísta.

Sigue diciendo Pablo: "2Completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes (de un solo ánimo, de una sola alma), sintiendo una misma cosa". Ya leíamos que en la iglesia primitiva los hermanos tenían todas las cosas en común, y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, pues en sus corazones todo era de todos. "3Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad (¿qué es humildad? lo dice Pablo a continuación), estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; 4no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. 5Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz". Ahí tenemos el tremendo ejemplo de humildad del Señor Jesús, el Dios de la gloria. Cristo no estimó el ser igual a Dios a fin de darse a favor nuestro. ¡Cuán diferente obramos nosotros los hombres! Nosotros nos aferramos a muchas cosas que ni siquiera tienen algún valor permanente. Esta mañana decía el hermano Roberto Sáez que nosotros somos los que nos aferramos a nuestro Isaac (a diferencia de Abraham). ¿Qué puede ser para nosotros nuestro Isaac? Nuestra posición política, social y religiosa; nos aferramos a nuestro sueldo, a las personas, a las cosas que nos proveen los hombres; nos aferramos a nuestro entorno, a todo lo que tenga una apariencia atractiva, emotiva; nos aferramos a nuestras tradiciones religiosas y culturales. Hay muchas cosas que nos amarran, que no queremos soltar, y mientras no las soltemos no podremos llegar a un grado en que tú y yo seamos iguales. El Señor Jesús vino a romper las desigualdades. Vino a sentar en una sola mesa a los imperialistas y a los guerrilleros, a miembros del Sanedrín con pescadores de Galilea. Esas desigualdades esquemáticas no tienen lugar en el cuerpo de Cristo.

Para guardar la unidad del Espíritu en la Iglesia de Cristo, yo debo rebajarme por amor al Señor. No debo esperar que los demás se rebajen ante mí, para que cuando eso ocurra, entonces sí considerar que ya hay motivos para irnos entendiendo, que ya nos vamos igualando; no. Yo soy quien debo tomar la iniciativa de descender de mi alto nivel (alto nivel que puede ser ilusorio y utópico), y empezar a considerarte a ti como superior a mí mismo. Cuando en la Iglesia extendida por toda la tierra, todos los que están en eminencia, todos los que ostentan jerarquías, empiecen a bajar de peldaños, entonces de pronto empiece a haber principios de verdadera voluntad de guardar la unidad del Espíritu en el cuerpo de Cristo.

La unidad de la Iglesia no se relaciona con el mundo. El Señor Jesús en su oración sacerdotal, expresó al Padre: "24Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. 25Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste". Allí el Señor se refiere al mundo. El mundo no ha conocido a Dios. ¿Cuál es ese mundo al que se refiere el Señor y del cual hace un contraste con los discípulos? En el versículo 9 dice el Señor: "9Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son". Aquí la palabra mundo no necesariamente se refiere a los hombres, pues la Palabra dice que "de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna", entonces necesariamente (aunque algo de eso puede haber) en este caso los hombres son el mundo, sino que el énfasis recae sobre el mundo de maldad, el mundo de corrupción, el mundo satánico que ha llevado a la sociedad al momento histórico que vivimos. La gloria es del Señor.

Nosotros vemos que la cristiandad se tergiversó tanto, que han reemplazado la verdad bíblica revelada por el Espíritu, por tradiciones de factura humana; como lo dice el Señor en Mateo 15. Allí el Señor nos dice algo también a nosotros los creyentes del siglo 21, no solamente se los dice a los fariseos y a aquellos que le escuchaban. "3Respondiendo él, les dijo: ¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?" Y el verso 6 repite y aclara: "Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición". Una tradición que no provenga de la revelación divina, puede tener cien años, o quinientos, o dos mil años, si esa tradición trata de reemplazar la Palabra de Dios, está invalidándola, y llenando a los hermanos de mitos y de mentiras, y desviándolos de la verdadera verdad (con perdón de la redundancia) de Dios por la Palabra y el Espíritu.

| Referencias (0)



Blog alojado en ZoomBlog.com

 

 

<<   Enero 2011    
LMMiJVSD
          1 2
3 4 5 6 7 8 9
10 11 12 13 14 15 16
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29 30
31       

Categorías
General [5] Sindicar categoría